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¿Quién es Ángela Hernández Núñez?

Premio Nacional de Literatura 2016. Nació en Buena Vista Jarabacoa, República Dominicana, 6 de mayo de 1954. Graduada con honores de Ingeniería Química. Narradora y poeta. Apasionada del cine y la fotografía. Textos de su autoría se han traducido al inglés, francés, italiano, islandés, bengalí y noruego. Se incluyen en importantes antologías. Es Premio Cole de novela corta, a la novela Mudanza de los Sentidos, 2001; dos veces premio nacional de cuento. Su libro Alicornio mereció el premio nacional de poesía.

Lanzamiento de Leona, o la fiera vida, por editorial Alfaguara. Palabras de José Alcántara presentando a Ángela Hernández y a Jeannette Miller. Fotos tomadas por el poeta y escritor Orlando Cordero

Palabras de presentación de Ángela Hernández y Jeannette Miller
en la Fundación Corripio, el 6 diciembre de 2013

Por José Alcántara Almánzar

          Me honra la invitación de la escritora y amiga Ángela Hernández Núñez para decir unas palabras introductorias en la salida de su nueva novela, Leona, o la fiera vida, que con el sello de Alfaguara comienza hoy su andadura por el mundo para ensanchar el ciclo de creación iniciado por la autora con la escritura de la obra, y enriquecido con la complicidad que a partir de hoy se establecerá entre ella y sus lectores. Con esta actividad la Fundación Corripio cierra sus encuentros literarios de este año, y nos enorgullece que sea con el lanzamiento de una obra narrativa de quien es, en la actualidad, una de las escritoras de mayor calado en las letras de nuestro país, no solo por su ya extensa bibliografía activa en poesía, narrativa y ensayo, sino también por el alcance internacional y la vitalidad de su obra conjunta, que ha merecido incluso traducciones a otros idiomas y publicaciones en numerosos países.

          Ángela Hernández es ampliamente conocida en nuestro país y en el ámbito hispanohablante por sus libros de poemas, sus encantadores cuentos, sus novelas cortas, algunos de los cuales han obtenido galardones en diversos certámenes celebrados en nuestro país y el exterior. Ella reúne las raras cualidades de la mujer encantadora, siempre optimista y de trato afable, y la escritora que ha venido realizando una incesante labor literaria desde sus inicios, abriendo un surco profundo en los estudios de la mujer, con diversos ensayos que podemos considerar esenciales para comprender esa denodada lucha por los derechos de igualdad de género, una encarnizada batalla de la que estamos hoy más necesitados que nunca, ante las atroces historias que a diario ensombrecen las páginas de los periódicos nacionales.

          Nacida en Buena Vista, Jarabacoa, tierra montañosa y fresca la mayor parte del año, donde la vegetación todavía se extiende pródiga por todas partes, Ángela Hernández parte de  recuerdos personales y vivencias en su pueblo de origen, para alumbrar hermosas criaturas en las que confluyen personajes, comportamientos, creencias, prácticas y relaciones sociales donde la mujer ocupa un sitial privilegiado, porque ella constituye el centro de las preocupaciones de su hacedora, la trascendencia de la figura femenina en el imaginario colectivo, así como en la vida hogareña y social de la comunidad. La autora trabaja cada texto con primor, echando mano de los hilos de la memoria, en la que confluyen las vibraciones íntimas y las agudas observaciones de quien ha reflexionado hondamente sobre la condición humana y los intrincados laberintos de la relación hombre-mujer.

          Pero no soy yo quien debe hablar de la nueva novela de Ángela Hernández. Ese papel le corresponde a Jeannette Miller, una de nuestras grandes escritoras, cuya obra ha sido reconocida con el Premio Nacional de Literatura por su solidez literaria, su versatilidad y su proyección continental. Jeannette Miller dio sus primeros pasos en el teatro, como actriz precoz, y luego, siguiendo las huellas de su padre, entró a la poesía para quedarse en ese mundo de agonías y deslumbramientos que no cesan de aflorar en su obra.

Durante muchos años, con una paciencia y una minuciosidad envidiables, Jeannette ha realizado una extraordinaria labor en la historia y la crítica de arte, con resultados más que encomiables en una serie de monografías de los grandes maestros de la plástica nacional y ensayos indispensables que la han convertido en una autoridad incuestionable por su honesta y valiente valoración de la obra de nuestros artistas visuales. Hay que mencionar también su labor narrativa, sus novelas e incisivos cuentos, en los que despliega una panoplia de personajes femeninos que impresionan por su descarnado talante, su conmovedora ternura, o el denuedo con que enfrentan las agresiones de un medio caracterizado por una hostilidad inmisericorde hacia las mujeres.

          Hoy se unen, como autora y presentadora de la novela Leona, o la fiera vida, dos mujeres excepcionales del mundo literario de nuestros días: Ángela Hernández y Jeannette Miller. Dos altas representantes de la creación y el pensamiento  contemporáneo, en quienes debemos ver sendos paradigmas de fecundidad intelectual y firmeza ética que deben ser imitados por jóvenes y adultos, sobre todo en esta etapa, cuando asistimos al penoso espectáculo  de corrupción e impunidad en las más altas esferas del poder, algo sin precedentes en la historia dominicana por su escandalosa magnitud e implicaciones, todo agravado por el circo político que a diario avergüenza a la población más honesta y trabajadora del este país.

          Ahora, para presentarnos Leona, o la fiera vida, me complace llamar al podio a Jeannette Miller.


José Alcántara Almánzar 
Santo Domingo, D. N.,

Viernes, 6 de diciembre de 2013.


Fotos cortesía de Orlando Cordero:




























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Entre las esforzadas Videntes y las subversivas inteligencias

Por Ángela Hernández Núñez Hay en la historia humana largos períodos que transcurren en lentitud y sin mayores mutaciones. Existen otros que parecen estar hechos de saltos. El Siglo XX es de vértigo:

LEONA O LA FIERA VIDA cap. dieciocho

¿Qué me sucede? ¿Quién me explica? Un licor de urgencias humedecía mi esqueleto. Me echaba a la boca puñados de semillas de girasol inflamadas de belleza. Hincada en la orilla, metía los brazos en el río para atrapar luces sumergidas. De mis cabellos mojados goteaban palabras. A Batalla la escudriñaba por largo rato, desesperando por el mensaje que se escondía en sus ojos. ¿Qué piensa Beba cuando asoma sus ojos amarillos a este río sobrecargado y frágil, manchado y reluciente? ¿Qué piensa de esta acumulación de ecos, chasquidos, música? Piensa que el caos acecha desde hace meses. Piensa que leo más libros de los que aguanto. Que las letras apiñadas en el cerebro trastornan el juicio. Que la experiencia es pequeña y complicados los mundos en las páginas. Que me ha visto cantar y gruñir mientras sueño. Que sabe del proceloso río y de sus ramificaciones. Con señas de muda, le comunico que los sucesivos cauces, meandros y quebradas pasan por mí como las sombras de las nubes sobre las montañas o el enjambre de mariposas que no hace mucho sobrevoló Quima. Que no es para asustarse ni mucho menos. Pero el formidable esfuerzo de calmarla, estando yo sobre ascuas, hace que mis apretados párpados exuden ardientes gotas. El universo se nutre de mí. Huele a mi través. Escucha. Se goza en mi existencia rasgada. A cambio, puedo hablar en la lengua de los cocuyos. Teñir mis dedos en la hierba. Morder la escama del dragón hasta triturarla. Todo para que Emilio, al fluir por mi sangre como por una quimera, donde esté sobreviva. Abro los ojos en la ignición de un sueño. Las palabras se asientan en mis labios crecidos como fruta de agosto. Me clavan sus dientecillos de leche. Peinan mi boca con plumillas de colibrí. En la lengua me incrustan brasas como granos de azúcar negra. Algunas se derriten en mi saliva, haciéndome recordar a cubitos de añil en el agua. Aun las horribles (las erizos, las bilis, las babosas, las fogaratés, las espectros) transmiten querencia, no menos que las mullidas, sugestivas, cándidas. ¿Qué me provoca este fenómeno? ¿El sufrimiento de Emilio? ¿Las resonancias de la guerra? ¿El polvo mágico con el que dedos invisibles me alargan y redondean partes de mi cuerpo? ¿La ausencia de Virgilio? ¿El declive de mi madre? ¿Las historietas, los libros? ¿Los hijos de Noraima? ¿Mi reabsorción por Quima? ¿Qué? ¿Todo junto? Era como para esconder mis ojos delatores, mi alocado semblante. Beba no debía enterarse de las metamorfosis que operaban en mí, porque entonces sí que iba a coger el monte pensando que me había picado la misma mosca de metálico brillo (la mosca mecánica, la escapada del futuro, decían) que envenenó de alucinaciones a Leoncio, el perito forestal nuero de Florinda (hasta que el tétano, cogido en una herida en la planta del pie al pisar una lata de sardina mohosa, terminó con su tortura mental y con su vida). En el canto del absurdo, me derribaba el sueño. (Tal vez mi cerebro desarrollaba trances para imponerme reposo). Por la mañana me encontraba como si saliera de una jornada en otro planeta, derivando selvosos mensajes, lenguajes fronterizos.

La cualidad de la nostalgia

Cuento de Ángela Hernández Núñez

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angelahn@gmail.com, Santo Domingo, República Dominicana