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¿Quién es Ángela Hernández Núñez?

Premio Nacional de Literatura 2016. Nació en Buena Vista Jarabacoa, República Dominicana, 6 de mayo de 1954. Graduada con honores de Ingeniería Química. Narradora y poeta. Apasionada del cine y la fotografía. Textos de su autoría se han traducido al inglés, francés, italiano, islandés, bengalí y noruego. Se incluyen en importantes antologías. Es Premio Cole de novela corta, a la novela Mudanza de los Sentidos, 2001; dos veces premio nacional de cuento. Su libro Alicornio mereció el premio nacional de poesía.

 

EDUCACIÓN Y LECTURA

¿Libros digitales o físicos? ¿Bibliotecas virtuales o tradicionales?

En la República de Gilead ha sucedido un apagón digital. Desapareció todo lo almacenado en aparatos electrónicos.

Por ÁNGELA​ HERNÁNDEZ 

Libros.

Estoy convencida de que las bibliotecas virtuales y el libro digital no pueden reemplazar los tradicionales; al menos, no en este siglo. Esto es relevante, en particular, en la gestación del hábito de lectura y en las escuelas a todos los niveles. Para nada subestimo la significación de la tecnología, me beneficio de ella desde los años universitarios en que empecé a utilizar una Texas Instruments para cálculos matemáticos. Esto no me impide advertir los riesgos de absolutizar su importancia en desmedro de lo que conocíamos y regía nuestra vida antes del boom tecnológico, los peligros que entraña tomar a toda prisa lo que a simple vista parece un atajo hacia una educación de vanguardia.

El libro electrónico avanza, pero con una lentitud que ha sorprendido a los vaticinadores de su rápida primacía. En todo el mundo, lectoras y lecturas siguen prefiriendo el libro físico y la inversión en bibliotecas convencionales sigue siendo un indicador de la importancia que se la da a la educación en un país.

¿Qué tanto crece la demanda de libros digitales? Carecemos de datos locales, pero veamos lo que sucede en España, donde, en 2008, mil profesionales predijeron que en diez años el libro electrónico superaría al libro impreso. Doce años después, en un informe de 2020, se señala que la cuota de lectura digital en España era solo de 6,3%. Y conste que ese país es el principal mercado para libros electrónicos. Le siguen México y Estados Unidos, según el mencionado documento.

Es lógico suponer que en República Dominicana, donde no son pocos los que conciben el libro digital como panacea a la escasez de lectores, donde hemos escuchado a un legislador decretar que “el libro físico es obsoleto”, donde parte considerable de la población carece de servicio regular de internet, donde al menos la mitad de la gente no podrá adquirir o reponer dispositivos electrónicos apropiados, la lectura de libros digitales sea mucho menor. Insignificante, tal vez. Creer que porque un joven está acostumbrado a leer textos en su teléfono se inclinará a leer un libro electrónico, más que un físico, es una deducción ligera. Es preciso investigar a fondo, es lo menos que se puede decir.

Bibliotecas virtuales parece una solución a la deuda social acumulada en cuanto a bibliotecas públicas. Parece, por igual, una mágica fórmula para incrementar la lectura en todos los sectores, en particular, entre escolares y universitarios. Es fácil, es barato, se piensa, pero ¡ojo! con esa breva.  Si se relega el libro físico, es harto probable que resulten sacrificadas nuestras ilusiones de un pueblo lector, de estudiantes lectores y lectoras.

Cierto, lo digital, “Era digital”, ha traído maravillas que permanecerán en la humanidad y seguirán transformando nuestra existencia. Entre otras, se puede acceder a la información desde cualquier parte del mundo, se ahorra papel, se organiza mejor el acervo y se puede acumular más material que en una biblioteca común, la información se puede imprimir, grabar, mandar por correo electrónico, incluidos textos, imágenes, videos, etc. Un punto más a favor, acceder a obras que no están disponibles en bibliotecas o librerías locales. Todo ello apunta a la democratización del conocimiento, y el conocimiento es poder, bien se sabe.

No es extraño que tantas ventajas nos hechicen y nos induzcan a eclipsar el valor primordial de las relaciones sociales, la fuerte desigualdad en acceso a tecnología y a internet, los riesgos de sumisión a una tecnología cambiante, la obsolescencia de los dispositivos, el costoso mantenimiento de equipos, el impacto de los desechos tecnológicos sobre el medio ambiente, la contracción de la creatividad derivada de las premuras por alimentar un mercado de lo súper breve, del programado efecto sensacionalista; de lo momentáneo.

Bucear en un mar de datos cuyos bordes se dilatan desprovistos de instrumentos orientadores puede aturdir, torcer el raciocinio. En verdad, el provecho real que podemos obtener depende de conocimientos previos, los cuales guían la búsqueda y permiten distinguir el grano de la paja, las fuentes confiables, hacer las pertinentes comparaciones. Combinar, elegir, apartar. Luce sencillo, pero está lejos de serlo.
Bucear en un mar de datos cuyos bordes se dilatan desprovistos de instrumentos orientadores puede aturdir, torcer el raciocinio. En verdad, el provecho real que podemos obtener depende de conocimientos previos, los cuales guían la búsqueda y permiten distinguir el grano de la paja, las fuentes confiables, hacer las pertinentes comparaciones. Combinar, elegir, apartar. Luce sencillo, pero está lejos de serlo.

La generación de datos, hoy día, es astronómica. En el libro "Los números no mienten: 71 historias para entender el mundo, Vaclav Smil observa que del aluvión de datos que se producen en el mundo solo se puede almacenar una pequeña parte; “¿qué parte debería ser esta?”, se pregunta. Quién decide qué conservar, es otra cuestión. Según el servicio de computación en la nube Domo Domo, citado por Smil, en 2020 se generaban cada segundo 1,7 megabytes de datos por cada una de las casi 8.000 millones de personas que pueblan el planeta. De la misma fuente provienen las siguientes informaciones. En 2018, se produjeron, “solo en Estados Unidos, más de 97.000 horas de vídeo transmitido por Netflix, casi 4,5 millones de vídeos visionados en YouTube, algo más de 18 millones de solicitudes de previsión meteorológica en el Weather Channel y más de 3.000 billones de bytes (3,1 petabytes) en otros datos usados en internet”.

Los cambios en nuestro entorno suceden a ritmo vertiginoso. Tienden a superar nuestra capacidad de asimilarlos o sopesarlos, lo que se reflejará en las decisiones que tomamos. Todo esto suscita turbadoras figuraciones sobre el porvenir. Una cierta ansiedad de época. Ineluctables adaptaciones. Dos extremos nos tientan: por un lado, precipitación; por el otro, resignación, un modo nuevo de pasividad.

“Cuando yo era joven anhelaba tener la clase de acceso a la información que tengo ahora, pero con el pasar de los años he descubierto que el exceso de información es peor que la escasez. Ahora los temas cambian continuamente. El interés de las personas fluctúa con enorme facilidad”, dice Zygmunt Bauman, autor del Modernidad líquida. “Antes construías el conocimiento como quien construye una casa. Ahora se parece más bien a un tren que pasa sobre los raíles y no deja ninguna huella”, observa este escritor.

Desafíos imprevistos surgen por doquier. Honestidad y esfuerzo intelectual son puestos a prueba. Hoy día, el plagio es un dolor de cabeza para los docentes. Hace unos años, en ocasión de formar parte del jurado de un concurso de ensayo para jóvenes, se despertó mi alarma, al constatar que la mayoría de los participantes habían tomado textos del internet y ni siquiera se habían esforzado en modificarlos. Conozco a un catedrático que exige a sus alumnos reportes de lectura manuscritos, para que al menos “se les quede algo” mientras copian de los sumarios, de casi cualquier libro, ofrecidos en internet.

Para investigación el libro físico es insustituible. La Internet, con su enorme, y a veces desmesurada, oferta, complementa, es valiosísima, pero usada con criterios y con ojo avizor.

Mark Y. Herring, “decano de Servicios Bibliotecarios en la Universidad de Winthrop en el estado de Carolina del Sur”, concluye en que la Internet es como una inmensa biblioteca sin catalogar”. Cuenta sobre el vano intento de dos universidades de depender exclusivamente de Internet. Al final se vieron obligadas a construir “una biblioteca tradicional con un fuerte componente electrónico”.

Opina el mencionado decano que “altos costos, desorden, poca fiabilidad y constantes omisiones, hacen de Internet, un recurso que jamás podrá sustituir a las bibliotecas convencionales”. La Internet: “una milla de ancho, una pulgada (o menos) de profundidad. La mayoría de los recursos en el Internet no tienen más de 15 años”.

Otros aspectos resaltados por él: no hay control de calidad, ni confiabilidad en la Red. Normalmente, lo valioso no es gratis, está sujeto a licencias. En revistas profesionales son frecuentes las omisiones; en algunos casos, de notas, tablas, gráficos, fórmulas. El costo de digitalizarlo todo es increíblemente alto, decenas de millones de dólares en derechos de autor solamente. “Y, ¿qué de la biblioteca virtual a nivel estatal?”, pregunta el decano y responde: “Podría lograr que el estado se arruine”.

Tecleando estas líneas, acudieron a mi memoria dos momentos. El primero en los noventa. Jóvenes del taller Juan Sánchez Lamouth de Los Mina, tomaban libros prestados de la biblioteca Lincoln. Los circulaban entre ellos. Amiga de varios, algunos de esos volúmenes pasaron por mis manos. Recuerdo Himnos a la noche de Novales. Recuerdo Cartas a Lucilio de Séneca —en la que dice: “Así deberíamos vivir: como si nos viesen, y pensar como si alguien pudiera asomarse a nuestro interior”—. El segundo momento es un diálogo con una empleada doméstica de notable inteligencia en todo cuanto emprendía. Madre soltera, a los 16 tuvo una hija, a los 20 a Junior.  “Estoy ahorrando para comprarle una tableta a Junior, en Reyes”, me dice. “Mejor regálele libros”, repongo casi por reflejo. “Él me pidió la tablet. Me la pide todos los días. Ve a otros niños con tableta”. “¿Cómo va a usarla, tiene internet?”, inquiero con curiosidad. “No, pero en la casa de mi hermano sí tienen. A su colmado va un paquete de gente a conectarse”, repone. Me quedo pensativa. “¿Qué edad tiene Junior?”, “Dos años y cinco meses”. “Por Dios, ¿por qué no le compra libros apropiados a su edad?”, exclamo, sintiéndome un poco intrusa, un poco insolente, un poco perdida en mi época.

Pero recuerdo que practiqué un lenguaje electrónico para resolver problemas científicos cuando solo un puñado de personas sabían de la existencia de computadoras. Y que en 1985 tomé un curso en la Tribuna internacional de la Mujer, frente a la sede de la ONU en Nueva York, sobre creación de base de datos en computadora. Lo impartió la Apple.  Y que leo con genuino interés los avances de la astrofísica, la física cuántica y la neurociencia. Recuerdo, asimismo, que tengo una biblioteca de 500 libros electrónicos, en dos Kindle y en mi ordenador.

Mi defensa del libro físico está fundamentada en lo que me muestra la realidad, nuestra realidad, la experiencia de lectora, la práctica como animadora de lectura, por décadas. La experiencia como madre, como educadora.  La atenta observación de los potenciales y desafíos que portan las jóvenes generaciones. La historia cultural y la historia del libro en República Dominicana.

Abogo por el libro electrónico, el audiolibro, cualquier soporte o plataforma de lectura que amplíe las posibilidades de conocimiento, pero me asiste una claridad:  estos tienen un papel complementario respecto al libro físico. Así es en el presente. Así es en República Dominicana.  Educadoras y educadores lo saben mejor que yo. Madres y padres lo saben de sobra.

“¿Y si se va la luz?”, se pregunta el decano bibliotecario ya mencionado.  ¿Qué diría si viviera en nuestro país?

¿Y si, en un futuro cercano o lejano, desapareciera la Internet y todo lo almacenado de manera digital? ¿Caeríamos en un atraso de muchos miles de años? La ciencia ficción ya explora esta posibilidad.

Margaret Atwood, en El cuento de la criada proyecta el resultado de severas miopías de distintas índoles: confiar a ciegas en la tecnología es arriesgado, pero más peligroso es doblegarse ante los chantajistas morales y los de espiritualidad tan falsa como maligna.

En la República de Gilead no hay libros. Reina una teocracia misógina, fundamentalista, represora del pensamiento y de los sentimientos. Un siniestro totalitarismo. En un indeterminado pasado, en la República de Gilead ha sucedido un apagón digital. Desapareció todo lo almacenado en aparatos electrónicos. De una guerra restan áreas estériles, radioactivas. La esterilidad a la que se alude con frecuencia es una imagen de la anulación de las emociones, la colaboración y las ideas que nos hacen humanos.

¿Es imposible un apagón digital? ¿Quién podría saberlo? De ocurrir, espero que nos sorprenda con un libro en las manos.

Fuentes citadas:

-Periódico ABC, 29/03/2022. https://www.abc.es/cultura/libros/abci-lectura-libros-electronicos-aumenta-43-por-ciento-espana-desde-inicio-pandemia-202203291201_noticia.html

-Vaclav Smil, Los números no mienten: 71 historias para entender el mundo (edición en español).

-Zygmunt Bauman, “¿Extinción de los intelectuales?”. “Da la impresión de que todo anda fuera control”, entrevista, Periódico El País, 19 de agosto 2012.

-Mark Y. Herring, “Diez razones por las que Internet no sustituye a las bibliotecas”, http://blogs.dmaweb.info/buva13/?p=190

https://acento.com.do/cultura/libros-digitales-o-fisicos-bibliotecas-virtuales-o-tradicionales-9098007.html


https://www.diariolibre.com/revista/cultura/angela-hernandez-nunez-la-literatura-ayuda-en-todas-las-circunstancias-FL18136245


No habrá “revolución educativa” sin un cambio esencial respecto a la lectura. Es algo que veo con claridad desde hace tiempo, una claridad que a veces me hiere.

Fotos Ángela Hernández Núñez 2018/2019

Tomada por Cristabel Sosa
Tomada por Tigu Guimaraes
Tomada por Giordano Sosa

DESTELLOS Exposición fotografías Ángela Hernández Núñez


Juan Eduardo Zúñiga, Ángela Hernández Núñez, Marcio Veloz Maggiolo, Danilo Manera, Norma Santana, Manuel Llibre durante la "Semana de la literatura dominicana en España"

Juan Eduardo Zúñiga, Ángela Hernández Núñez, Marcio Veloz Maggiolo, Danilo Manera, Norma Santana, Manuel Llibre durante la  "Semana de la literatura dominicana en España". Añadir leyenda

Foto Ángela Hernández Núñez tomada por Cristabel Sosa junio 2016 
Foto Ángela Hernández Núñez tomada por Cristabel Sosa junio 2016 
Foto Ángela Hernández Núñez tomada por Cristabel Sosa junio 2016 

Foto Ángela Hernández Núñez tomada por Cristabel Sosa junio 2016 

Premio Nacional de Literatura 2016

José Alcántara, Jacinto Gimbernard, Jeannette Miller, José Luis (Pepín) Corripio, Ángela Hernández Núñez, José Antonio Rodríguez y Jorge Tena Reyes Añadir leyenda
Jeannette Miller, Ángela Hernández Núñez, José Antonio Rodríguez y
José Luis (Pepín) Corripio 

AHN foto tomada por Cristabel Sosa. Calgary feb 2016

AHN 16 años

Agradecimientos al recibir el Premio Nacional de Literatura 2016

Ángela Hernández Núñez, foto tomada por Cristabel Sosa

AGRADECIMIENTOS

Gracias a Dios, forma que prefiguran el Amor, la Verdad y la Justicia en mi limitada percepción.
Gracias, Jeannette Miller, por una presentación que me deja sin palabras, y por tu amistad y apoyo constante
Gracias a José Alcántara.
Expreso mi gratitud hacia a la Fundación Corripio y al Ministerio de Cultura, auspiciadores de este premio, así como a los jurados que me ha distinguido con el mismo y a las instituciones que representan.
Gracias al tesoro de mi alma: Carolina, Aurora, Giordano y Cristabel, ampliado con José Pablo, Irene y Amanda. Ellos han sido mis tiernos y comprensivos aliados, testigos de mi escritura. Gracias a toda la familia presente en este acto. Así como a Yrene Núñez y Eloy Hernández, que pese a su lejana partida permanecen íntimos.
Gracias a todos ustedes, amigas y amigos presentes, y a las numerosísimas personas cuyos mensajes de felicitación me han colmado de placenteros momentos desde el día 26 de enero.
Gracias a las editoriales que han publicado mis libros: Editorial Cole, Letra Gráfica, Siruela, Alfaguara, editorial Perosini, Banco Central, Editora Nacional, Santuario. Y, por igual, a las personas que han dedicado tiempo a estudiar mi obra.
En justicia, hoy aprovecho para enunciar mi gratitud a las trabajadoras domésticas, sin cuyo apoyo y labor no sé cómo me las hubiera arreglado. Gracias Yanet Santana.
Van mis gracias, asimismo, a todas aquellas  personas que desde mi infancia me facilitaron libros. Un día las nombraré una por una.
Gracias a mis hermanas y hermanos: a: Lourdes, por su infinita solidaridad y amor constante. A Pastora, cómplice celebrante de la poesía y el idealismo del espíritu. A Gloria, quien me obsequió mi primera maquinilla de escribir y en cuyo hogar devoré todos los libros de la Biblia, historias fantásticas para mi imaginación infantil. A Paul, quien además de hermano y desde la infancia, ha sido el fiel amigo de sus hermanas. A Miguel, Nidia, Fausto y Lucas. Todos han alimentado mi imaginación con sus historias y vivencias. Gracias a José Mieses.
Gracias a la perseverante y renovadora comunidad cultural dominicana.
Al puñado de amigas y amigos cuyo brillo intelectual me ha fascinado, pero más aún su grandeza de alma, su nobleza de espíritu. Cómo no estarles agradecida.
Gracias a quienes he amado “hasta morir”. La más potente inspiración de mi poesía.
Gracias amigas y amigos que con sus sueños de justicia y equidad para la mujer, la juventud y todo el pueblo dominicano han despertado la conciencia de más de una generación. Gracias por ser muchas veces la punta de lanza que abre caminos.
Gracias a todas las personas que con sus faenas diarias sostienen la fe y la confianza indispensables para cimentar un optimismo edificador.

Al sitio donde nací (Buena Vista-Jarabacoa) le declaro mi amor a través de mi obra. 



Autorretrato Ángela Hernández N.

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Carmen Quidiello y Ángela Hernández Núñez. 
durante la presentación del libro  Suma para la Convivencia, de  la escritora cubano-dominicana.

En Emory, Atlanta, con el poeta Néstor Rodríguez, más amigos y amigas suyos de esa Universidad. 

2003. En Ledig House, residencia de escritores, escritoras y artistas. 

Bienal de Poesía en Francia, 1999.  Ghassan Zaqtan (palestino), Ángela Hernández Núñez (RD), Ismael González (Cuba) y Jeannette Miller (RD).

Con Joan Manuel Serrat durante una entrevista para Radio Cristal

Durante un paseo por el Danubio ofrecido a los periodistas
en la Cumbre Mundial de Derechos Humanos, Viena 92
Con Ligia Minaya y Marcio Veloz Maggiolo Añadir leyenda

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Con Adrián Javier, Modesto Acevedo y las dos Marías en los noventa

Con el escritor haitiano Franketienne




Con Danilo Manera y Anyely

Con Yolanda Ramírez y Manuel Llibre

En la biblioteca Antillense (foto de Pascual Núñez)






Con José Alcántara

Con Federico Henríquez Gratereaux


Con jóvenes escritoras y escritores en el Festival de Poesía de la Montaña



Con Eugenio García Cuevas, la Dra. Wanda y Rei Berroa


Con Pedro Antonio Valdez y León David



Con Giordano Sosa, fotógrafo

Con Dionisio Blanco y Pedro Camilo


Con Jabid Salcedo, artista, y Freddy Ginebra



Con Senaida Jansen y una amiga haitiana


Con escritoras puertorriqueñas


Con Atilio Aleotti, Fulvio Chimento y un artista-poeta durante la expo "Tiempo y Silencio" en Roma

Con Aurora Arías y Chiqui Vicioso en N.Y.

Con los poetas Jhonny Durán y Modesto Acevedo en los noventa

Junto a Aurora Arias, un momento en Beiging 95


Lasana Sekou y Ángela Hernández Núñez

En Trinidad, Cuba, todo un descubrimiento. Una imagen (souvenir) que me envía
el poeta Lasana Sekou. Fue muy grato conocerlo y compartir esos días de jurados en el Premio Casa de las Américas.

Autorretratos en el malecón de La Habana enero 2014


autorretrato II

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La cualidad de la nostalgia

Cuento de Ángela Hernández Núñez

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angelahn@gmail.com, Santo Domingo, República Dominicana