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¿Quién es Ángela Hernández Núñez?

Premio Nacional de Literatura 2016. Nació en Buena Vista Jarabacoa, República Dominicana, 6 de mayo de 1954. Graduada con honores de Ingeniería Química. Narradora y poeta. Apasionada del cine y la fotografía. Textos de su autoría se han traducido al inglés, francés, italiano, islandés, bengalí y noruego. Se incluyen en importantes antologías. Es Premio Cole de novela corta, a la novela Mudanza de los Sentidos, 2001; dos veces premio nacional de cuento. Su libro Alicornio mereció el premio nacional de poesía.


DESEOS 2014:  AMOR, DESCUBRIMIENTO, IMAGINACIÓN


Que ames el amor y seas el amor mismo y el amor sea en ti: una llama que tiembla de ternura y belleza, una llama que es la vida misma. Que tus actos te bendigan y te abran las puertas oportunas.
Que cuides a los que tienes y lo que tienes (eso), no como propiedad sino como algo inapreciable,  algo vivo que también te constituye. Que cada día mires dentro de ti y a tu alrededor y hagas plena conciencia de tus tesoros amorosos. Que eso sume música, que eso ponga a bailar tu corazón. Que eso sea foco de tu simpatía.  Que eso te forje y te fortalezca. Que puedas nombrar eso y todo lo que contiene sin titubeos  (como lo hago yo en este momento). Que esta conciencia desborde tu ser de gratitud.
Que ames tu imaginación, como a las flores que brotan en tus sueños y al manantial que nace en tu memoria. Que te atrevas a bañarte en el aguacero, a dormir en el jardín, a contemplar el firmamento cuando todos duermen. A llevar la vestimenta que te apetezca.  Que te atrevas a cantar a pleno pulmón. Que grites de vez en cuando el fuerte grito del nacimiento.
Que ames tu materialidad, tu desnudez. Que te rías sin miramientos y sin ofensa ante quienes quieren confinarte en una edad, en una convención, en una idea fija de ti mismo. Que ante la estrechez muestres la exuberancia de tu persona, de tu ser; exuberancia incólume en todos y cada uno de tus días.
Que la de hoy sea tu época. Que tu época esté poblada de incitantes desafíos. Que tu época preserve sus raíces y sea ilimitada a la vez. Que tu época se enriquezca con ritmos, solidaridad, conocimiento, sabores, esperanzas, utopías, afectos y pasiones. Que tú, con tu hacer y tu pensar, enriquezcas la época de todos.
Que poseas sabiduría para discernir lo esencial de lo secundario, lo importante de lo trivial, el grano de la paja. Y sea el amor brújula en cada uno de tus días, en tu profesión, en tu oficio y en tus relaciones.
Que te desprendas de cáscaras inútiles. Que dejes atrás esquemas o programas que te lastran. Que tomes como un emblema DESCUBRIR.      Que laves tus ojos para mirar una luz nunca vista, un sentimiento nunca conocido, una fe nutritiva.
 Que andes con suficiente ligereza como para percibir el perfume sutil que emana de cada lugar, de cada vínculo. Que andes con suficiente atención para sentir el dolor de los otros, las necesidades de los otros, el sentir de los otros. Que tu alma revele su más fino don en tu capacidad de compasión, de compartición, de solidaridad.
Que tu memoria se bañe en el ahora y sea para vivificar el ahora. Que el ahora sea un río navegable. Río con remolinos y serpenteos que atraviesa cañones y siempre encuentra la claridad del cielo, los valles de fresca hierba. Un río que tanto regresa hacia su fuente como  desemboca en el océano de todos. Río-Océano: profundidad y extensión, movimiento y gravidez; el exhalar y el aspirar.  Río-Océano de enlaces, de viajes, de fruición, de contactos.
Que vivas porque sí, que fundes porque sí, que seas porque sí, como los sueños y los procesos espontáneos de la vida.
Que aceptes tus miedos como amigos. Que aceptes tus problemas como amigos. Que aceptes la tristeza como amiga. Que aceptes tu pasado como consejero, como estímulo, como realidad. La vida abarca, la vida resuelve, la vida es el absoluto milagro, la vida renace, la vida te acaricia y te moldea. La vida te sacude y te copa de armonía. La vida es indescriptible. La vida es el amor perpetuo. La sinfonía floreciente.
Que las aves de rapiña no te impidan ver las aves del paraíso. Que el avestruz no oculte al colibrí. Que la codicia de muchos no te impida apreciar la sed de justicia de muchos.
Que veas en tu cuerpo tu alma y en tu alma tu cuerpo, y en cuerpo y alma, el universo. Que cuides tu cuerpo con el amor que se profesa a la expresión más delicada y compleja de la vida. Que en tu cuerpo sientas a toda la humanidad pasada, a toda la humanidad presente, al presente mismo. Tu presencia es el tiempo. Tu presencia es la verdad. Tus actos te están creando a su semejanza.
Que en tu soledad vivan las personas, todas las criaturas, todos los astros. Que en compañía conozcas y palpes tu ser singular. Que al entregarte contactes tus bordes, tus contornos, tu unicidad. Que al retraerte palpes tu infinitud y al expandirte hagas conciencia de tu forma concreta y maravillosa.
Que al recibir multipliques, que al dar te afirmes. Que fluyas con el bien, siendo el bien. Que fluyas con la creación, siendo creación. Que ames en este instante a conocidos y extraños. Que les mires y les ame de golpe. Que jamás rehúyas la eternidad de una mirada. Que mires a los ojos del prójimo, hombre o mujer,  sin importar la edad, y te ahondes confiadamente en sus cifras, pues los ojos son lámparas, son bibliotecas, son flores de un infinito jardín compartido, son oleaje de un océano compartido, son puentes entre nuestras realidades.  No hay soledad si nos miramos.
Que contemples las hojas, cada hoja, el árbol, el bosque, y en ellos leas afinidad. Que leas en los ojos de los animales el amor que el universo te profesa, el sentimiento mudo, que es así para poner manifestarlo todo, cederlo todo, a quien sepa mirar.
Que te comuniques con Dios. La luz en nosotros. Dios cuya esencia es la verdad, no el poder; cuyo signo es la libertad, no la dominación. Entre Dios y nosotros no proceden atajos. Que construyas paso a paso, acto a acto, tu propia idea de Dios. Que estos pasos y estos actos estén hechos de justicia y amistad, de amor y humildad, de valor y alegría.
Que la serenidad perfile los contornos de tu dicha y sea esta el inicio de la comprensión. Que la serenidad lleve a reposar en ti amor y conocimiento. Que en ti repose la luz.

Ángela Hernández Núñez                         1ro de enero 2014

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Entre las esforzadas Videntes y las subversivas inteligencias

Por Ángela Hernández Núñez Hay en la historia humana largos períodos que transcurren en lentitud y sin mayores mutaciones. Existen otros que parecen estar hechos de saltos. El Siglo XX es de vértigo:

LEONA O LA FIERA VIDA cap. dieciocho

¿Qué me sucede? ¿Quién me explica? Un licor de urgencias humedecía mi esqueleto. Me echaba a la boca puñados de semillas de girasol inflamadas de belleza. Hincada en la orilla, metía los brazos en el río para atrapar luces sumergidas. De mis cabellos mojados goteaban palabras. A Batalla la escudriñaba por largo rato, desesperando por el mensaje que se escondía en sus ojos. ¿Qué piensa Beba cuando asoma sus ojos amarillos a este río sobrecargado y frágil, manchado y reluciente? ¿Qué piensa de esta acumulación de ecos, chasquidos, música? Piensa que el caos acecha desde hace meses. Piensa que leo más libros de los que aguanto. Que las letras apiñadas en el cerebro trastornan el juicio. Que la experiencia es pequeña y complicados los mundos en las páginas. Que me ha visto cantar y gruñir mientras sueño. Que sabe del proceloso río y de sus ramificaciones. Con señas de muda, le comunico que los sucesivos cauces, meandros y quebradas pasan por mí como las sombras de las nubes sobre las montañas o el enjambre de mariposas que no hace mucho sobrevoló Quima. Que no es para asustarse ni mucho menos. Pero el formidable esfuerzo de calmarla, estando yo sobre ascuas, hace que mis apretados párpados exuden ardientes gotas. El universo se nutre de mí. Huele a mi través. Escucha. Se goza en mi existencia rasgada. A cambio, puedo hablar en la lengua de los cocuyos. Teñir mis dedos en la hierba. Morder la escama del dragón hasta triturarla. Todo para que Emilio, al fluir por mi sangre como por una quimera, donde esté sobreviva. Abro los ojos en la ignición de un sueño. Las palabras se asientan en mis labios crecidos como fruta de agosto. Me clavan sus dientecillos de leche. Peinan mi boca con plumillas de colibrí. En la lengua me incrustan brasas como granos de azúcar negra. Algunas se derriten en mi saliva, haciéndome recordar a cubitos de añil en el agua. Aun las horribles (las erizos, las bilis, las babosas, las fogaratés, las espectros) transmiten querencia, no menos que las mullidas, sugestivas, cándidas. ¿Qué me provoca este fenómeno? ¿El sufrimiento de Emilio? ¿Las resonancias de la guerra? ¿El polvo mágico con el que dedos invisibles me alargan y redondean partes de mi cuerpo? ¿La ausencia de Virgilio? ¿El declive de mi madre? ¿Las historietas, los libros? ¿Los hijos de Noraima? ¿Mi reabsorción por Quima? ¿Qué? ¿Todo junto? Era como para esconder mis ojos delatores, mi alocado semblante. Beba no debía enterarse de las metamorfosis que operaban en mí, porque entonces sí que iba a coger el monte pensando que me había picado la misma mosca de metálico brillo (la mosca mecánica, la escapada del futuro, decían) que envenenó de alucinaciones a Leoncio, el perito forestal nuero de Florinda (hasta que el tétano, cogido en una herida en la planta del pie al pisar una lata de sardina mohosa, terminó con su tortura mental y con su vida). En el canto del absurdo, me derribaba el sueño. (Tal vez mi cerebro desarrollaba trances para imponerme reposo). Por la mañana me encontraba como si saliera de una jornada en otro planeta, derivando selvosos mensajes, lenguajes fronterizos.

La cualidad de la nostalgia

Cuento de Ángela Hernández Núñez

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