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¿Quién es Ángela Hernández Núñez?

Premio Nacional de Literatura 2016. Nació en Buena Vista Jarabacoa, República Dominicana, 6 de mayo de 1954. Graduada con honores de Ingeniería Química. Narradora y poeta. Apasionada del cine y la fotografía. Textos de su autoría se han traducido al inglés, francés, italiano, islandés, bengalí y noruego. Se incluyen en importantes antologías. Es Premio Cole de novela corta, a la novela Mudanza de los Sentidos, 2001; dos veces premio nacional de cuento. Su libro Alicornio mereció el premio nacional de poesía.

Entrevista El Caribe sobre Charamicos

LIBROS Mañana se presentará “Charamicos” Una novela de fuegos que ya no arden La escritora Ángela Hernández aborda una época de grandes sueños y tristes realidades

Nacida en Jarabacoa en los años cincuenta, los años de estudiante universitaria de la escritora Ángela Hernández coincidieron con aquellos largos 12 años en que gobernó Balaguer, en los que los sueños de revolución y redención estaban a flor de piel. La historia contemporánea ha sido otra. La revolución no llegó, y muchas utopías están olvidadas o enterradas. Por su oficio, por sus vivencias, recuerdos y por el poder de la imaginación sobre la no siempre objetiva historia, surge “Charamicos”, su más reciente obra

¿Es la historia un personaje dentro del desarrollo de “Charamicos”? La historia, en esta novela, es una atmósfera de época, un sabor en el aire, un movimiento de arrastre y aceleración que eleva y tritura a la vez a los personajes más expuestos. Este tiempo histórico, en singular, contiene el discurrir del “viento frío” (de la postguerra, de Balaguer, militares y parapoliciales), la perversión, el encierro y también el heroísmo y la honestidad. Telón de fondo y hechizo candente sobre los destinos particulares.

¿Por qué el nombre Charamicos para tu nueva obra? Me gusta la palabra en sí, charamicos, un dominicanismo. Nombra a las ramas finas y secas ideales para encender el fuego, pero no para mantenerlo. La generación del setenta ardió y se consumió con rapidez. Hoy, El Moreno, Amaury Germán Aristy, Amín Abel Hasbún, Sagrario Ercira Díaz... casi ni se mencionan. Las interpretaciones sobre las características de ese tiempo son nebulosas. El acercamiento mediante la libertad de la imaginación quizás arroje un poco de luz. No la luz del documento histórico, sino la que proviene del deseo humano por comprender su condición, sus límites, sus constantes desafíos. Se dice que el pueblo dominicano olvida fácil, razón de que repita hasta la necedad los desatinos políticos. Charamicos desdice este prejuicio.

¿Para la recreación de aquellos años -los setenta- recurriste a una académica investigación histórica o te basaste en las experiencias propias y ajenas de particulares? Las coordenadas temporales básicas están en la primera mitad de los años setenta. Sin embargo, hay tramos narrativos que corresponden a otros períodos. Por ejemplo, Eleonora, la madre de Trinidad, va a contarle a su hija sobre Olivorio, porque quiere familiarizarla con la elección espiritual que él representa. (El padre de Trinidad nació y creció en La Maguana). Bien, trabajar esta parte me obligó a leer a Lusitania Martínez, Roberto Cassá, Jan Lundius y Mats Lundahl, periódicos, realizar visita a San Juan de la Maguana, etc. Amén de las conversaciones con Orlando Inoa, que además de editor es historiador. Estudié en la UASD en los setenta. Participé y conocí en lo posible uno de los mundos que allí sucedían (había otro mundo subterráneo, impalpable). Todo el tiempo estábamos escuchando historias sobre los crímenes políticos, las tácticas, las estrategias, la revolución que iba a acaecer, el regreso de Caamaño, los conflictos en los cuerpos castrenses, sobre el Balaguer camaleónico (constructor y criminal), sobre Vietnam, Cuba… Llegabas a la Universidad y te empapaban y te arropaban de informaciones. Hay una frase promocionar del libro que reza "No hicimos la revolución, al menos se escribió la novela". ¿Esto implica una especie de catarsis o ajuste de cuentas con una realidad pasada -y presente- que sólo puede ser redimida a través del arte? La frase anterior es una promoción ideada por la editora; que entiende que la misma resume el sentido principal de la novela. A mi modo de ver, con respecto a lo que dices de catarsis o ajuste con la realidad, la escritura transita hacia una forma de comprensión de la cual el escritor o escritora no es necesariamente consciente. ¿Cuáles fueron las emociones iniciales al empezar a escribir la novela y las que tienes ahora al verla finalizada? Intenté escribir esta novela en el 1992. No pude. Ahora fluyó casi espontáneamente. Me sentí poseída por una fuerza natural, un “alineamiento mágico”, como si algo debiera ser precisado, o ajustado, (una especie de claridad, si se le puede llamar así). Me sentí esclavizada por la novela, escribiendo y padeciendo todo tipo de sentimientos. Lloré cuando murió Eleonora. Con Ercira, observé a Aridio Hormelo, en las penumbras, debatirse con su destino histórico (suicida). Viví el absurdo de discursos estereotipados y de asambleas interminables regidas por “el centralismo democrático”… Me conmovieron los campesinos apretando contra sus pechos los frasquitos conteniendo

agua bendecida por Olivorio, mientras se topaban en la espesura de los montes con marines y guardias atacados de disentería por haber tomado de esa misma agua (emponzoñada para ellos por el líder religioso). Me detuve en “el misterio de la iniquidad”, cuando Trinidad reflexionaba sobre el padre Las Casas, que antes de justiciero fue encomendero; sobre el Hombre-brújula, que antes de encabezar la revolución constitucionalista participó en la masacre de Palma Sola…Pensé en las reacciones contradictorias que podrían suscitar los personajes. Escribir esta novela fue, sin lugar a dudas, un trabajo de pura imaginación, tanto como un ejercicio de soberanía.

Por Maickel Ronzino

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Entre las esforzadas Videntes y las subversivas inteligencias

Por Ángela Hernández Núñez Hay en la historia humana largos períodos que transcurren en lentitud y sin mayores mutaciones. Existen otros que parecen estar hechos de saltos. El Siglo XX es de vértigo:

LEONA O LA FIERA VIDA cap. dieciocho

¿Qué me sucede? ¿Quién me explica? Un licor de urgencias humedecía mi esqueleto. Me echaba a la boca puñados de semillas de girasol inflamadas de belleza. Hincada en la orilla, metía los brazos en el río para atrapar luces sumergidas. De mis cabellos mojados goteaban palabras. A Batalla la escudriñaba por largo rato, desesperando por el mensaje que se escondía en sus ojos. ¿Qué piensa Beba cuando asoma sus ojos amarillos a este río sobrecargado y frágil, manchado y reluciente? ¿Qué piensa de esta acumulación de ecos, chasquidos, música? Piensa que el caos acecha desde hace meses. Piensa que leo más libros de los que aguanto. Que las letras apiñadas en el cerebro trastornan el juicio. Que la experiencia es pequeña y complicados los mundos en las páginas. Que me ha visto cantar y gruñir mientras sueño. Que sabe del proceloso río y de sus ramificaciones. Con señas de muda, le comunico que los sucesivos cauces, meandros y quebradas pasan por mí como las sombras de las nubes sobre las montañas o el enjambre de mariposas que no hace mucho sobrevoló Quima. Que no es para asustarse ni mucho menos. Pero el formidable esfuerzo de calmarla, estando yo sobre ascuas, hace que mis apretados párpados exuden ardientes gotas. El universo se nutre de mí. Huele a mi través. Escucha. Se goza en mi existencia rasgada. A cambio, puedo hablar en la lengua de los cocuyos. Teñir mis dedos en la hierba. Morder la escama del dragón hasta triturarla. Todo para que Emilio, al fluir por mi sangre como por una quimera, donde esté sobreviva. Abro los ojos en la ignición de un sueño. Las palabras se asientan en mis labios crecidos como fruta de agosto. Me clavan sus dientecillos de leche. Peinan mi boca con plumillas de colibrí. En la lengua me incrustan brasas como granos de azúcar negra. Algunas se derriten en mi saliva, haciéndome recordar a cubitos de añil en el agua. Aun las horribles (las erizos, las bilis, las babosas, las fogaratés, las espectros) transmiten querencia, no menos que las mullidas, sugestivas, cándidas. ¿Qué me provoca este fenómeno? ¿El sufrimiento de Emilio? ¿Las resonancias de la guerra? ¿El polvo mágico con el que dedos invisibles me alargan y redondean partes de mi cuerpo? ¿La ausencia de Virgilio? ¿El declive de mi madre? ¿Las historietas, los libros? ¿Los hijos de Noraima? ¿Mi reabsorción por Quima? ¿Qué? ¿Todo junto? Era como para esconder mis ojos delatores, mi alocado semblante. Beba no debía enterarse de las metamorfosis que operaban en mí, porque entonces sí que iba a coger el monte pensando que me había picado la misma mosca de metálico brillo (la mosca mecánica, la escapada del futuro, decían) que envenenó de alucinaciones a Leoncio, el perito forestal nuero de Florinda (hasta que el tétano, cogido en una herida en la planta del pie al pisar una lata de sardina mohosa, terminó con su tortura mental y con su vida). En el canto del absurdo, me derribaba el sueño. (Tal vez mi cerebro desarrollaba trances para imponerme reposo). Por la mañana me encontraba como si saliera de una jornada en otro planeta, derivando selvosos mensajes, lenguajes fronterizos.

La cualidad de la nostalgia

Cuento de Ángela Hernández Núñez

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angelahn@gmail.com, Santo Domingo, República Dominicana