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¿Quién es Ángela Hernández Núñez?

Premio Nacional de Literatura 2016. Nació en Buena Vista Jarabacoa, República Dominicana, 6 de mayo de 1954. Graduada con honores de Ingeniería Química. Narradora y poeta. Apasionada del cine y la fotografía. Textos de su autoría se han traducido al inglés, francés, italiano, islandés, bengalí y noruego. Se incluyen en importantes antologías. Es Premio Cole de novela corta, a la novela Mudanza de los Sentidos, 2001; dos veces premio nacional de cuento. Su libro Alicornio mereció el premio nacional de poesía.


Leona, o la fiera vida: la revelación de un singular universo

  Por Pastora Hernández   
    
En Leona, o la fiera vida, Ángela Hernández Núñez nos muestra una comunidad, llamada Quima, que desarticula muchos esquemas sobre la realidad rural. Desnuda sus interioridades a través del desfile de sus muy bien elaborados personajes, así como de la descripción de su geografía y ambiente. Nos inserta a Leona, su personaje central, en ese espacio; con sus conexiones e interacciones muchas veces sorprendentes. Leona es inteligente, imaginativa, exploradora y con una gran fuerza vital. Desde el principio de la narración una siente una enorme simpatía por ella. No solo conocemos en detalles a la comunidad, sino que también conocemos el espacio urbano en que se desenvolverá la protagonista. Su periodo de adaptación, su lucha contra fuerzas adversas, malignas, y su capacidad de sobrevivencia con dignidad, anhelos por la vida y amor por sus seres queridos. Leona a la hora de defenderse se muestra como una fiera, rindiendo tributo a su nombre y carácter.
   Ángela muestra también su gran maestría en el manejo del lenguaje, tanto urbano como rural, y un profundo conocimiento de ambos espacios.
   Imaginación y realidad se entrecruzan ofreciéndonos un cuadro digno de ser contemplado. La novela tiene un final sorprendente y abierto. Late en toda ella la esperanza, bondad y comprensión, así como las complejidades de un mundo urbano azotado por la guerra de abril de 1965. En ese contexto, conocemos la crudeza y las fuerzas que lo mueven, de una forma que quizás nunca hubiéramos imaginado.
Ángela configura personajes bien complejos, como es el caso de Lorenzo, su hermano mayor. Casi al final, cuando este retorna a Quima obligado por las circunstancias de la guerra, entre él y su madre Beba tiene lugar una conversación clave que descifra y nos da a entender los motivos de su mal carácter y odiosidad. Es una escena conmovedora. Ya antes Leona lo había visto desde su escondite, haciéndole gracia a su hermanito pequeño. Esto cambiaba la imagen que tenía de su hermano, pues le revelaba un rasgo amoroso que escondía tras su máscara de dureza.
En vísperas de la guerra, Leona retorna a Quima con su mundo más ampliado, con las buenas y malas experiencias que vivió en Santo Domingo. Regresa más imaginativa y madura. Este retorno lo marca un acentuado lenguaje poético y unas vivencias muy singulares, una nueva forma de relacionarse e intimar con su madre, con Noraima y demás hermanas.
Así pensaba y se emocionaba Leona cuando retorna a Quima:

Ah! ¡Qué deleite, el reencuentro! Ebria. Fresca. Rebullía y me desdibujaba en las receptivas cadencias y el íntimo perfume resultante de híbridas interacciones. Me hablaban, estoy segura. Sobre mi cabeza y brazos extendidos por la ventanilla, vertían su memoria de clorofila, minerales y rocío; sus cíclicos movimientos, sus germinantes sombras. Y en los bordes de luz, y en las huidizas cortezas parlantes, entreveía a Emilio, Beba y a mis hermanas, a Antonio; Florinda, Manuelico, Asunción, Ballilla, Martina..., raicillas cálidas con las que mi alma se adhiere al mundo.

En los personajes más complejos, especialmente en Lorenzo y Noraima, descansa la revelación de notables verdades y la resolución de partes importantes  de los nudos de tensión de la novela. Por otra parte, Virgilio es el hermano revolucionario, el que avivó la imaginación, el ausente que todas recuerdan amorosamente, el preferido de Beba, el preocupado por su familia. Afectuoso, inteligente y responsable, también se ocupa de ayudar económicamente a Beba cuando puede, aspecto muy importante dada la precariedad en que, con dignidad, se desenvuelve la madre para mantener a flote su familia.
La novela está matizada por ese hálito de poesía, expresada de una forma muy natural y hermosa, en la voz de su protagonista como dije anteriormente. Veamos una muestra más:

Fragmento del cuadro "Manuscrito" (año 2000) de Ángela Hernández Núñez
Me hundí en un minuto interminable de lágrimas que caían en un abismo de misterioso y total amor, cercano al que por momentos me suscitaba Emilio.

Leona, o la fiera vida también exhibe toques de humor, expresados en los más variados y graciosos cuentos que desataron los participantes en un banquete que ofreció Leona, cuando sus condiciones se lo permitieron.
La narración mantiene un atractivo ritmo, desde el principio hasta el final, manteniendo vivo el interés en su lectura. Como dice Umberto Eco: “Una gran novela es aquella en que el autor siempre sabe dónde acelerar y dónde frenar y cómo dosificar esos golpes de pedal dentro del marco de un ritmo de fondo que permanece constante.”

   Ya antes, Ángela nos había deleitado con sus novelas Mudanza de los sentidos, Metáfora del cuerpo en fuga y Charamicos. Desde mi punto de vista Leona, o la fiera vida, es su obra cumbre. Con estas palabras invito a su lectura y disfrute.
(Artículo publicado en la revista Vetas, Rep. Dominicana, marzo 2014).

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Entre las esforzadas Videntes y las subversivas inteligencias

Por Ángela Hernández Núñez Hay en la historia humana largos períodos que transcurren en lentitud y sin mayores mutaciones. Existen otros que parecen estar hechos de saltos. El Siglo XX es de vértigo:

LEONA O LA FIERA VIDA cap. dieciocho

¿Qué me sucede? ¿Quién me explica? Un licor de urgencias humedecía mi esqueleto. Me echaba a la boca puñados de semillas de girasol inflamadas de belleza. Hincada en la orilla, metía los brazos en el río para atrapar luces sumergidas. De mis cabellos mojados goteaban palabras. A Batalla la escudriñaba por largo rato, desesperando por el mensaje que se escondía en sus ojos. ¿Qué piensa Beba cuando asoma sus ojos amarillos a este río sobrecargado y frágil, manchado y reluciente? ¿Qué piensa de esta acumulación de ecos, chasquidos, música? Piensa que el caos acecha desde hace meses. Piensa que leo más libros de los que aguanto. Que las letras apiñadas en el cerebro trastornan el juicio. Que la experiencia es pequeña y complicados los mundos en las páginas. Que me ha visto cantar y gruñir mientras sueño. Que sabe del proceloso río y de sus ramificaciones. Con señas de muda, le comunico que los sucesivos cauces, meandros y quebradas pasan por mí como las sombras de las nubes sobre las montañas o el enjambre de mariposas que no hace mucho sobrevoló Quima. Que no es para asustarse ni mucho menos. Pero el formidable esfuerzo de calmarla, estando yo sobre ascuas, hace que mis apretados párpados exuden ardientes gotas. El universo se nutre de mí. Huele a mi través. Escucha. Se goza en mi existencia rasgada. A cambio, puedo hablar en la lengua de los cocuyos. Teñir mis dedos en la hierba. Morder la escama del dragón hasta triturarla. Todo para que Emilio, al fluir por mi sangre como por una quimera, donde esté sobreviva. Abro los ojos en la ignición de un sueño. Las palabras se asientan en mis labios crecidos como fruta de agosto. Me clavan sus dientecillos de leche. Peinan mi boca con plumillas de colibrí. En la lengua me incrustan brasas como granos de azúcar negra. Algunas se derriten en mi saliva, haciéndome recordar a cubitos de añil en el agua. Aun las horribles (las erizos, las bilis, las babosas, las fogaratés, las espectros) transmiten querencia, no menos que las mullidas, sugestivas, cándidas. ¿Qué me provoca este fenómeno? ¿El sufrimiento de Emilio? ¿Las resonancias de la guerra? ¿El polvo mágico con el que dedos invisibles me alargan y redondean partes de mi cuerpo? ¿La ausencia de Virgilio? ¿El declive de mi madre? ¿Las historietas, los libros? ¿Los hijos de Noraima? ¿Mi reabsorción por Quima? ¿Qué? ¿Todo junto? Era como para esconder mis ojos delatores, mi alocado semblante. Beba no debía enterarse de las metamorfosis que operaban en mí, porque entonces sí que iba a coger el monte pensando que me había picado la misma mosca de metálico brillo (la mosca mecánica, la escapada del futuro, decían) que envenenó de alucinaciones a Leoncio, el perito forestal nuero de Florinda (hasta que el tétano, cogido en una herida en la planta del pie al pisar una lata de sardina mohosa, terminó con su tortura mental y con su vida). En el canto del absurdo, me derribaba el sueño. (Tal vez mi cerebro desarrollaba trances para imponerme reposo). Por la mañana me encontraba como si saliera de una jornada en otro planeta, derivando selvosos mensajes, lenguajes fronterizos.

La cualidad de la nostalgia

Cuento de Ángela Hernández Núñez

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