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¿Quién es Ángela Hernández Núñez?

Premio Nacional de Literatura 2016. Nació en Buena Vista Jarabacoa, República Dominicana, 6 de mayo de 1954. Graduada con honores de Ingeniería Química. Narradora y poeta. Apasionada del cine y la fotografía. Textos de su autoría se han traducido al inglés, francés, italiano, islandés, bengalí y noruego. Se incluyen en importantes antologías. Es Premio Cole de novela corta, a la novela Mudanza de los Sentidos, 2001; dos veces premio nacional de cuento. Su libro Alicornio mereció el premio nacional de poesía.

ALÓTROPOS:
LA MAGIA CENTRÍFUGA DE LA PALABRA
Por Mantonio Acevedo

He sido testigo de la construcción de un universo dual, de la rutinaria vida de unos seres que buscan fluir apegados a su designio de transparencia.

Borro los ojos de Dinorah. Quisiera tacharla entera… En este momento las palabras me contemplan desde esa mariposita empañada… He de aniquilarla. Un plagio. ¿Qué busca esa mariposita empolvando la pared?... Suena el timbre. ¿Ordena dormir? (Un plagio). ¿Ordena cenar? (Un plagio)… Me sonreía afirmándome que había plagiado a un mexicano. ¿Eran seguras sus palabras?... En este momento las palabras me contemplan desde esa mariposita empañada[1].

Todos los personajes de Alótropos están hundidos, sumergidos en la búsqueda interminable de esencialidad. El deseo de libertad, de atravesar invisibles la vida, une a estos personajes, que si bien no escapan de la realidad y el orden, pretenden negarlos.
¿Por qué el deseo se apodera irremediablemente de los personajes de este libro, enviándonos a esa vertiginosa placidez de la que nunca retornan? El que esto ocurra me permite aludir al humano pasto de que están hechos.
Cuando aludía anteriormente a una intencionada fugacidad, lo hacía a partir de antecedentes, para mí muy claros. En Alótropos los personajes se diluyen y se evaporan, dejando tras de sí una estela, una irrebatible materialidad. Estos llegan a tener una forma, una definición de vida. Ahora bien, ellos eligen seguir transformándose en lo que Lezama Lima diría que es “una misma agua discursiva”. Tal vez se deba a que no aspiran a una concreción determinada, a que nunca piensan en ser, como en los nocturnos de Gorostiza, estatua o niebla.
¿Qué quiere mi sencillez al lado de tu complejidad? (Nietzsche). Tejer un pasado, que vuelva a ser hoy, mañana y siempre ha sido el propósito de la narradora Ángela Hernández: anclada a la orilla de un desvelado impulso, el de fluir e inventar un tiempo nuevo. En esa aventura, uno puede sentir sus ondulaciones y estallidos. Recuerdo que esos “papeles”, con dimensiones y nombres, solo eran un grupo de cuentos mecanografiados, guardados escrupulosamente en un sobre manila.
Digo esto porque para mí Alótropos es mucho más que un libro, ha sido la experiencia de contemplar un rito, de asistir a la ceremonia de su tramado, de su mística fusión, de su unidad. Unidad de componentes que sin ser idénticos cohabitan en un mismo espacio. A veces me pregunto cómo fue posible ese acopio de tan variadas técnicas y procedimientos narrativos. Alótropos representa la magia de una centrífuga escritura. No busca, no anhela, una verdad razonable, su única verdad es la belleza. El libro para mí ya es un misterio. Él asume para sí el campo de lo imaginario, en y desde lo poético. Sus textos borran límites. Espacio que se apropia de ambos extremos haciendo de lo narrado y lo poético una misma sustancia. ¿Cómo fijar o establecer la procedencia genérica de muchas de sus partes?
Esa búsqueda en la producción cuentística ha aproximado a Ángela Hernández a una auténtica comunión con las leyes del cuento literario, pues a mi juicio los cuentos de Alótropos son la más fuerte evidencia de madurez técnica y eficacia en el uso del lenguaje. La lectura de sus escritos me confirma su personalidad como creadora. Escritos que instauran, claramente, su percepción de mujer, sin menoscabo de la calidad literaria. He de acentuar que la literatura es escrita por individualidades, que toda la literatura imaginable no es más que el conjunto de conciencias determinadas, de voces y percepciones que la constituyen. T.S. Eliot no hubiese escrito nunca Las Olas, ni Virginia Woolf las primeras estrofas de La Tierra Baldía.
“Cómo recoger la sombra de las flores” es un texto alucinante, el que más estimo. La utilización del recurso poético en el mismo me produce la misma fruición y embriaguez que la poesía oriental: Ando y ando/ si he de caer/ que sea entre las flores (Li-Po). Genera en mí ese poder nadar por sus aguas en silenciosa complicidad con lo narrado. Una Faride sepultada por un mundo de contrastes y pesadez, que trata de recuperar su inocencia de mujer y que busca, en un estado de vibraciones, integrarse al universo. La querida Faride ha encontrado la poética:

Existir y no se/ es un milagro/ ser el borde de lo indescifrable/ equidistancia de la aceptación/ una cordura al margen de preceptos/ un lúcido candor/ una dorada vértebra escondida[2].

Entonces, poco a poco, en el hogar de Faride, el de la familia tradicional, cada quien me dará noticias de sus irrazonables conductas. El relato terminando diciendo que quizá todo se reduzca “a una mera cuestión de poética”. Estoy de acuerdo. La idea de la poesía capaz de redimir la condición humana, se acentúa aquí como símbolo. Faride es parte de esa humanidad cuya historia está llena de horrores, impedimentos y miserias.
En “Teresa Irene”, la escritora alude con cierta levedad al mito de la ciguapa. Texto de señales que muestra las sucesivas y necesarias metamorfosis del espíritu. “Teresa Irene”, que pudo haberse llamado Teresa Batista o Emily Fires, es aquella niña que ha resuelto quedarse desvestida y entregarse a su entorno, formando con este, en invisible permanencia, una misma entidad.
Sin embargo, distingo un cuento de alucinante impulso y sólida atmósfera, “El Cuadro”. Uno de los ejemplares insólitos que pueblan el libro. Este cuento nos proyecta a una zona de angustia, recuerdos y vivencias de un pintor en pavorosa locura. Lleno de arrebatos verbales de una aprensible reflexividad. Una cárcel en penumbras acabará siendo su fugaz y volátil memoria.
Ahora estos cuentos me asaltan por las hendijas más diminutas, siendo arrastrado a un juego de leyes inocentes y misteriosas. ¿Quién es uno en ese andamiaje de cuerdas? Puede que un día me siente a escribir temiendo la posibilidad de ser Felipe Alfonso. O quién no ha sentido o experimentado la vaga pero irrefutable certeza de andar por ahí desconectado de la realidad, tal y como Faride en “Cómo recoger la sombra de las flores”, texto en que la autora mejor incorpora los sueños a la creación cuentística.
Así Ángela va revelándonos el mundo, falso e irreverente, camuflado por el caos, pero nunca exento de locura, levedad o transparencia.

Mayo, 1990



[1] Cuento “Alótropos”
[2] Cuento “Cómo recoger la sombra de las flores”.

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Entre las esforzadas Videntes y las subversivas inteligencias

Por Ángela Hernández Núñez Hay en la historia humana largos períodos que transcurren en lentitud y sin mayores mutaciones. Existen otros que parecen estar hechos de saltos. El Siglo XX es de vértigo:

LEONA O LA FIERA VIDA cap. dieciocho

¿Qué me sucede? ¿Quién me explica? Un licor de urgencias humedecía mi esqueleto. Me echaba a la boca puñados de semillas de girasol inflamadas de belleza. Hincada en la orilla, metía los brazos en el río para atrapar luces sumergidas. De mis cabellos mojados goteaban palabras. A Batalla la escudriñaba por largo rato, desesperando por el mensaje que se escondía en sus ojos. ¿Qué piensa Beba cuando asoma sus ojos amarillos a este río sobrecargado y frágil, manchado y reluciente? ¿Qué piensa de esta acumulación de ecos, chasquidos, música? Piensa que el caos acecha desde hace meses. Piensa que leo más libros de los que aguanto. Que las letras apiñadas en el cerebro trastornan el juicio. Que la experiencia es pequeña y complicados los mundos en las páginas. Que me ha visto cantar y gruñir mientras sueño. Que sabe del proceloso río y de sus ramificaciones. Con señas de muda, le comunico que los sucesivos cauces, meandros y quebradas pasan por mí como las sombras de las nubes sobre las montañas o el enjambre de mariposas que no hace mucho sobrevoló Quima. Que no es para asustarse ni mucho menos. Pero el formidable esfuerzo de calmarla, estando yo sobre ascuas, hace que mis apretados párpados exuden ardientes gotas. El universo se nutre de mí. Huele a mi través. Escucha. Se goza en mi existencia rasgada. A cambio, puedo hablar en la lengua de los cocuyos. Teñir mis dedos en la hierba. Morder la escama del dragón hasta triturarla. Todo para que Emilio, al fluir por mi sangre como por una quimera, donde esté sobreviva. Abro los ojos en la ignición de un sueño. Las palabras se asientan en mis labios crecidos como fruta de agosto. Me clavan sus dientecillos de leche. Peinan mi boca con plumillas de colibrí. En la lengua me incrustan brasas como granos de azúcar negra. Algunas se derriten en mi saliva, haciéndome recordar a cubitos de añil en el agua. Aun las horribles (las erizos, las bilis, las babosas, las fogaratés, las espectros) transmiten querencia, no menos que las mullidas, sugestivas, cándidas. ¿Qué me provoca este fenómeno? ¿El sufrimiento de Emilio? ¿Las resonancias de la guerra? ¿El polvo mágico con el que dedos invisibles me alargan y redondean partes de mi cuerpo? ¿La ausencia de Virgilio? ¿El declive de mi madre? ¿Las historietas, los libros? ¿Los hijos de Noraima? ¿Mi reabsorción por Quima? ¿Qué? ¿Todo junto? Era como para esconder mis ojos delatores, mi alocado semblante. Beba no debía enterarse de las metamorfosis que operaban en mí, porque entonces sí que iba a coger el monte pensando que me había picado la misma mosca de metálico brillo (la mosca mecánica, la escapada del futuro, decían) que envenenó de alucinaciones a Leoncio, el perito forestal nuero de Florinda (hasta que el tétano, cogido en una herida en la planta del pie al pisar una lata de sardina mohosa, terminó con su tortura mental y con su vida). En el canto del absurdo, me derribaba el sueño. (Tal vez mi cerebro desarrollaba trances para imponerme reposo). Por la mañana me encontraba como si saliera de una jornada en otro planeta, derivando selvosos mensajes, lenguajes fronterizos.

La cualidad de la nostalgia

Cuento de Ángela Hernández Núñez

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