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¿Quién es Ángela Hernández Núñez?

Premio Nacional de Literatura 2016. Nació en Buena Vista Jarabacoa, República Dominicana, 6 de mayo de 1954. Graduada con honores de Ingeniería Química. Narradora y poeta. Apasionada del cine y la fotografía. Textos de su autoría se han traducido al inglés, francés, italiano, islandés, bengalí y noruego. Se incluyen en importantes antologías. Es Premio Cole de novela corta, a la novela Mudanza de los Sentidos, 2001; dos veces premio nacional de cuento. Su libro Alicornio mereció el premio nacional de poesía.

Imaginación, libertad y compromiso, discurso recibimiento Premio Nacional de Literatura 2016

Aunque la absoluta libertad es mito, ideal o mera ilusión, quiero creer que la escritura cristaliza en los linderos de esa absoluta libertad.

Busco seguir “la condición humana” por los leves o bien lujuriantes hilos en que se contraen o distienden imaginación y pensamiento. 
 


  IMAGINACIÓN, LIBERTAD Y COMPROMISO

 “Un escritor es alguien que viaja hacia la verdad por un camino inesperado”, señaló Roberto Bolaño. En mi caso, en ese “viaje”, imaginación, libertad y compromiso fueron revelándoseme como corrientes intrépidas que convergían o coludían, labrando ese “camino inesperado”, cuyo trasfondo es la versátil y hechizante danza entre el pulso individual y la piel colectiva.
Hoy es momento propicio para compartir con ustedes algunos hitos de esa danza. Que sean estas palabras mi sencillo elogio a la libertad, pues mi relación con esta se asimila a mi abrazo a la escritura.
Mi madre, mi padre, abuelas y abuelos pertenecieron al universo rural, donde un libro no era objeto común. Pero es seguro que si me fuese dado seguir el rastro de sus voces me encontraría con unos ancestros exploradores. Contar historias era una actividad corriente en mi familia. Mamá narraba unas historias de parientes que se perdían en un tiempo fantástico, en el que había una india taína, un guerrero a caballo y una muchacha que arribó a la isla “huyendo de las revoluciones”. Al anochecer, en casa de la tía Berta, parientes y allegados se encontraban para referir sucesos reales o ficticios, en una atmósfera fragante de café tostado y palpitaciones anímicas.
Las fabulaciones y la instrucción moral, espiritual y cívica componían un todo.  De mi padre no consigo recordar ningún rasgo físico, pero retengo un dato relevante: era un hombre inclinado a compartir el pan. Y nos legó una aserción rotunda: “La pobreza no es justificación para perder la dignidad ni comprometerla”. De mi madre, recuerdo vivamente tres lecciones, las cuales nos transmitía con su vida misma. a) Honestidad: jamás ostentar ni de un centavo del cual no esté clara su procedencia para todos. b) Valor: No se puede andar por el mundo lleno de miedo y temores. Dar la cara. Mantener la presencia de ánimo en todas las situaciones. c) Cuidar de la lengua: no murmurar de nadie, “por la boca muere el pez”. Una frase puede condenar una vida, o bien redimirla. Esta atención al poder de la palabra, para instituir o para socavar, me influyó, definitivamente.
Nuestro entorno, a finales de los cincuenta y principio de los sesenta, incitaba a fabular, ya que se vivía bajo nebulosas amenazas y sospechas. La palabra directa podía acarrear peligros. Las opiniones se disfrazaban en cuentos protagonizados por terceros, si de antaño, mejor. La historia sombría se transformaba en inocua ficción.
 Hay una imagen que por alguna razón que ignoro guardo con acusada viveza. Por los cielos zumbaban aviones. Yo cosía con parsimonia y deleite una muñeca de trapos y alzaba mis ojos, animados de un enorme interés, tratando de seguir el curso de los aparatos que habían venido a rasgar la calma aparente de aquel lugar en las montañas. Tenía cinco años de edad. Y percibía este murmullo, este rumor, matizado de estupefacción, como una excitante primicia. Lo que sucedía y se comentaba por lo bajo era el arribo al país de expediciones de “barbudos” con pretensiones diabólicas (tumbar al Jefe). En ese tiempo se vivía en un limbo y en un cepo. La historia era el limbo y era el cepo. La historia y la política, viciadas, tanto arropaban a la gente, al punto de sofocarla, como la apartaban. Pese a todo, la vida seguía imperando, floreciendo… Éramos parte de ese empuje de vida, éramos parte de los susurros y las expectaciones. La imaginación nos redimía en algo, nos enlazaba a un todo.
Las mudanzas durante mi infancia y adolescencia me expusieron a una variedad de estímulos, para bien o para mal. En cada sitio, conocía personas muy diferentes entre sí. Me alucinaban sus destellos, sus secretos y avideces. Percibí bien temprano aristas de la ruindad, percibí lo temible que puede albergar un ser humano bajo apariencia de normal. Pero, asimismo, noté bondad, gestos abrigadores, el apremio y sed de amor en la gente; el épico heroísmo del corazón en llamas, que a veces termina en desgracia.
Descubría, meditaba. Y dejando atrás la niñez, descubrí el cine y la geografía universal. Vi por dentro a cuerpos marciales, a una orden religiosa, a un cura español que perteneció a las falanges franquistas, aviones de combate, alambradas ciclónicas, carros de asalto. Un bosque de fantasmas y pólvora que asustaba hasta a los capitanes. Leía muñequitos, vidas de santos y santas, novelitas de vaquero, novelas rosa. Conocí la resistencia. La agonía del espíritu que busca su sitio en este mundo.
Ideé convertirme en astronauta o en exploradora de los fondos oceánicos, en científica de las plantas, en música, en jugadora de tenis, en médica, en esposa plena y madre de una docena de niños y niñas. Nunca pensé que podría convertirme en escritora. Eso era demasiado. Don de los cielos. Conforme a mi mirada de entonces, las ficciones y poemas brotaban de los elegidos con impulso similar al agua del conocido manantial, cuya visión me pasmaba pues me parecía la traslúcida evidencia de otro mundo, un mundo del que se escapaban, incesantes, los sueños.
Un tiempo polivalente, espiritoso, veteado de tirones y expectantes sutilezas. Un desierto espiritual con un oasis de redonda y ardiente felicidad. Consumía libros, los que aparecieran. A media tarde, flotaba en las aguas turbulentas del Yaque como cualquier pedazo de madera. En el frío de diciembre, caminaba de madrugada por el parque apartando la fina neblina con mis dedos. Oía en las personas de todas las edades una música inédita que me llenaba de curiosa alegría. Esa música cesó de golpe, quizás fue eso lo que me empujó a escribir, para seguir buscándola.
Pero a lo mejor ese impulso siempre estuvo ahí. Lo sentí por primera vez siendo niña crecida. Recuerdo cómo despertó mi interés el anuncio de un certamen de novela, en el que prometían un premio que me sonó una fortuna. Empecé a idear un relato en el que visitantes de otra galaxia aterrizaban su nave en el bosque por detrás de mi casa. Daba vueltas y vueltas al diálogo que tendría lugar entre los extraterrestres y yo (por alguna razón habían decidido no comunicarse con otros lugareños y mantenerse invisibles entre los árboles). Las ramificaciones de la historia llegaron a abrumarme, pero no logré escribir una línea, ya que me había propuesta la imposible empresa de determinar la lengua de los caprichosos huéspedes de la arboleda. Debía de cambiar de tema. Entonces comencé a garabatear unos párrafos sobre una muchacha pecosa, demacrada, de gruesos labios y género indefinido, cuyos cabellos parecían una llamarada de leña verde. Todos se burlaban de su rareza. Pero vino a ocurrir que en la Capital se convirtió en una estrella. Obvio, se trataba de  una versión de “El patito feo”.  Quedé muy decepcionada con mis intentos. ¿Cómo podía ocurrírseme tamaña empresa? Escribir era demasiado, casi para cualquier humano. Con esta resuelta conclusión enterré ese primer impulso. Pasarían muchos años antes de que volviera a pensar seriamente en ello.
Ingresar a la UASD significó una especie de breve revolución en mi vida. Una oportunidad extraordinaria, gracias al Movimiento Renovador. Pero los vientos prevalecientes soplaban en dirección contraria a mis inclinaciones literarias. Fue el principio de un periodo en que me persuadí, no sin resistencia, de que ser imaginativa representaba, más que un don, un molesto escollo. De entregarme a juegos fantasiosos, al cabo del tiempo, perdería sentido de “realidad”.  (Por entonces, se insistía en eso de “la objetividad” y “la subjetividad”, esta última llevaba siempre las de perder). Esta conclusión se tradujo en sobrestimar las leyes científicas y sus corolarios. Me aferré  a la lógica racionalista, prometedora de certezas. Durante años, trabajé con arduidad en sus coordenadas, hasta que hube de aceptar que estaba matando una parte esencial de mí. Que cada persona es lo que es. Y esto determina el punto de partida para el resto.
Una noche, a comienzo de los ochenta, sentía en mi boca el sabor agridulce de una difícil decisión. El olor del mar me alumbrada en la oscuridad. No sé cuánto tiempo llevaba allí, callada, inmóvil. De pronto, fui presa de una pulsión irresistible. Eché manos a una servilleta y en ella anoté: “Mis ojos todavía eran verdes…”, y las otras líneas de las que surgiría mi cuento “Masticar una rosa”. Recuerdo como ahora esos instantes de temblorosa felicidad. Me hallaba ante un umbral anunciándose. El cambio venía galopando en las letras.

Supe que habría de consagrarme a escribir, pero ignoraba cuándo. Durante muchos años, escribiría mis poemas y mis cuentos en breves lapsos arrancados a las inacabables jornadas de trabajo. Algunos los concebía mientras dormía (entonces me levantaba y anotaba; recuerdo que los versos génesis de mi libro Arca espejada florecieron en un sueño y que los garabateé en papel de estraza, en la oscuridad, porque no había luz y no daba con las velas y los fósforos); otros textos los escribí durante viajes; y varios en convalecencia de enfermedades.
Escribir es una acción ciertamente alquímica. Estaba entrando “en razón”. Esta vez, me descubría tejiendo (con palabras) no para esperar a un Ulises, sino para llegar a mí misma en el encantamiento de la realidad y en los lazos comunicantes.
Puedo afirmar, pues, que en años cruciales viví en carne propia la tensión entre ortodoxias y libertad expresiva. Conocí, y fui parte, del insondable y genuino fervor por transformarlo todo y acabar con las insufribles injusticias, pero esto conllevaba, paradójicamente, un enconado desprecio por los frutos de la imaginación. La casi enferma necesidad de exactitud ideológica y el miedo a equivocar las ideas, comportaban un hostigamiento a las facultades intuitivas, una rudeza con ciertas regiones de la conciencia. Comprender esto, y a la vez no desvanecer ni un ápice la sensibilidad social, significó una solitaria travesía en la que me embarqué tutelada por buenos libros, valores específicos de mi formación hogareña, el afecto familiar, más el empuje de una arrebatadora pasión. Supe que me vería obligada a congeniar con el vacío; a lidiar con esporádicas tormentas, con la duda e incluso con el error. Que, dejando a un lado peso muerto, habría de acomodar mis sentidos a las palabras, a fin de que estas me cedieran algo de sus acentos antiguos, algo de su portentosa viveza presente, algo de los arcanos que transportan.
Como pueden ver, cconciencia de la escritura y conciencia del lenguaje, en mi caso, se han encaminado mutuamente. La atención a la naturaleza del lenguaje inició al advertir el menoscabo que la alienación, todo género de alienación, surte sobre el mismo. La escritura, esto creo, resuma desde una intrínseca propensión hacia la libertad. Privado de libertad, aun el cuerpo es atacado por difusas penurias y encallecimientos.
En mi conciencia de escritora en formación, liberar el lenguaje equivalía a abrir de par en par las puertas del alma y todos los poros de la intuición, desnudar el ser aceptando una parte de desasosiego. Equivalía a sonreír en las espesuras desconocidas, al tiempo que experimentaba un calorcillo confiado en todo el cuerpo. Debía confiar, mantener viva la llama interior, no hacer concesiones a quejas, aprender de todos los trabajos por forzosos que fuesen.
¿Qué seríamos, ustedes, yo, nosotras y nosotros, despojados de sueños, ideales, utopías, invención, gusto por los lances del espíritu y las audacias creadoras? Imaginar e imaginarse, pisar tierra y lanzar el corazón hacia las vastas conquistas del espíritu, han dibujado el perfil de la humanidad, ¿no es así?
Ahora bien, para que todo lo anterior cobre verdadero balance, conforme a mi visión, debo aludir a compromiso. No quiero olvidar ni desconocer mis orígenes. Jamás. En mi generación, nadie escapa a ciertos “demonios históricos”.  Las sombras de invasiones, gobiernos tiránicos y servilismos extremos son una especie de mordedura en el espíritu, una quemada en el cerebro. Y no lo es menos, la violencia que se filtra a los espacios familiares e interpersonales. Nunca podré borrar los episodios de daño a niñas y niños que vi con mis propios ojos infantiles. Por otro lado, desde que tuve uso de razón, vi a mujeres con una fuerza vital casi incomprensible, muchas de las cuales trabajaban como bestias de carga, sujetas a una existencia plagada de dolor, frustraciones y resignación. Disminuidas, invisibilizadas, reventadas día a día, poco amadas por sus hombres. No entendía. No podía entender. Lo que se tomaba como tradición inalterable a mí me sublevaba, instintivamente. Acumulé indignación. Luego, aflora en mi literatura el retrato de esos vínculos en los que opera un poder que embrutece a unos en tanto apaga a otras.
Llama mi atención sobremanera la opacidad de la historia. La fenomenal riqueza de conocimientos e inventivas sobre la que ha rodado todo género de veladuras. Me mueven héroes y heroínas anónimos en las penumbras de los tiempos. Esos “nadies”, esas “ningunas”, que encarnan la batalla cotidiana por respirar y dar un paso más, al tiempo que, por fuerza o por movimiento natural, cultivan en sus reconditeces un hálito solidario, consolador.
Mi foco en la narrativa concierne a la solapada voracidad de poderes que se ciernen sobre las personas, torciendo sin piedad sus destinos, enrareciendo el curso de la sociedad, emponzoñando las relaciones. Mi tema, en suma, apunta a la fragilidad y a la porfiada fuerza patente en personas o poblaciones enteras sometidas a aislamiento o despotismos de diversa índole; vulneradas por  privaciones críticas.
Me resulta del todo imposible apartar la escritura de la moral política, la ética del vivir, las intersecciones y dilemas de la cultura humana. Todos los jalones de mi memoria y la meditación sobre el presente así lo deciden. Me considero, pues, una escritora comprometida.  Ahora bien, al momento que pronuncio esta frase ondeo una bandera que en rojo dice: ¡alerta!, pues compromiso no significa trabar las ideas ni amañar el pensamiento crítico ni renunciar a la soberanía de la interrogación; no significa plegarse a una ideología o a una autoridad. La escritora o el escritor que pierde su libertad, ha perdido su alma, su alma creativa, su sentido. Se dejará subyugar por los poderes en boga. Se volverá, a la larga, un prisionero de su propia imagen. 
Aunque la absoluta libertad es mito, ideal o mera ilusión, quiero creer que la escritura cristaliza en los linderos de esa absoluta libertad.
Busco seguir “la condición humana” por los leves o bien lujuriantes hilos en que se contraen o distienden imaginación y pensamiento. 
Hoy día, cómo escribir “en una torre de marfil”,  cuando te topas por doquier con las voces ruinosas de la miseria, con la corrupción, cuyo impudicia no conoce límite, con la retórica fraudulenta, con las más burdas intolerancias hacia “los otros”, con actitudes y posturas desmoralizantes, con una historia que es una sucesión de tenaces luchas por hacer posible este país… Con un mundo en equilibrio inestable en el que incuban y se multiplican los factores de guerra, con un planeta que alteramos peligrosamente como si poseyéramos un cómodo residencial en otra galaxia.
Puedes ver con meridiana claridad todo esto y mucho más, día a día, hora a hora, y a la par, experimentar tu impotencia, tu justificado escepticismo, tu esperanza menoscabada. Puedes rebosarte de amargura y de cinismo. Sí, ciertamente, pero también tienes la oportunidad de aquilatar el talento increíble de este pueblo para sobreponerse a las debacles, las pruebas de creatividad y arrojo que pululan en cualquier barriada, en cualquier caserío campesino. Ver que en todas partes aparecen personas honestas que se esfuerzan al límite de sus energías. Ya no te sientes una hoja arrastrada por una corriente violenta sino una persona, una ciudadana. Y como tal te es dada la facultad y el derecho de, cuando las circunstancia lo requieran,  nadar contracorriente, aportar tu granito de arena para revertir dinámicas destructivas, y renovar fuentes de bienestar moral y espiritual. 
Esta, mi época, nuestra época, nos trae también maravillas impensables en el pasado. Preciosos desafíos. La cuestión estriba en cómo y para qué emplear estas nuevas maravillas.

III. LIBROS Y BIBLIOTECAS
Quién de nosotros no evoca de cuando en cuando a aquella profesora o profesor que, aparte de lecturas obligadas por el programa, se ocupó en inspirarnos el amor a los libros. Aquel profesor o profesora que leía poesía, novelas, cuentos… Su mérito es alto.
Llevo en mi corazón a personas como esas, pues los libros habrían de enhebrar todos los ciclos de mi vida. La lectura no me dejaría perder pie. De ahí mi interés por la existencia de bibliotecas públicas en barrios y municipios. Crear nuevas o fortalecer las contadas que hay. Hablo de pequeñas y activas bibliotecas, bien abastecidas con criterio de calidad, atentas a los requerimientos de los usuarios, que  prestan libros para llevar al hogar, tejen firmes vínculos con los centros de enseñanza y la comunidad, crean lectoras y lectores, ofrecen el espacio idóneo para talleres literarios y círculos de lectura, llevan a cabo programas regulares de actividades; en suma, encarnan el corazón de la vida cultural comunitaria. Y, desde luego, influyen la calidad de la educación, puesto que esta conlleva a aprender a leer de verdad, aprender a buscar la verdad,  aprender a pensar.

IV. A MODO DE CONCLUSIÓN
Les cuento que no escribo para fijar un estilo. Carezco de astucia. Carezco de estrategias de caza. No me capturan las modas literarias. Creo que la escritura está provista de una raíz orgánica. Pero es mucho más que eso. Patentiza un proceso inacabable de conocimiento (del mundo y de la condición humana) y de autoconocimiento. Se eleva, erigiendo una amorosa autonomía. Incita a seguir haciendo visible lo invisible. A conquistar sentido de vida.
Con mi familia, con los amigos y amigas entrañables, de este país y el extranjero, y con la gracia de Dios, continuaré este viaje de imaginar, amar y crear. Y, ante ustedes, expreso que con el galardón que hoy recibo, mi compromiso con las letras, con mi pueblo y mi época, no ha hace más que acrecentarse.
Amigas y amigos míos, escribir es un acto de felicidad. De excepcional felicidad. Ser premiada por ello, alcanza el grado de bendición.

Ángela Hernández Núñez                                        
Palacio de Bellas Artes, Santo Domingo, 16 febrero 2016

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