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¿Quién es Ángela Hernández Núñez?

Premio Nacional de Literatura 2016. Nació en Buena Vista Jarabacoa, República Dominicana, 6 de mayo de 1954. Graduada con honores de Ingeniería Química. Narradora y poeta. Apasionada del cine y la fotografía. Textos de su autoría se han traducido al inglés, francés, italiano, islandés, bengalí y noruego. Se incluyen en importantes antologías. Es Premio Cole de novela corta, a la novela Mudanza de los Sentidos, 2001; dos veces premio nacional de cuento. Su libro Alicornio mereció el premio nacional de poesía.

Paisaje y poesía en Ángela Hernández por Basilio Belliard

Paisaje y poesía en Ángela Hernández

Basilio Belliard


En Ángela Hernández los paisajes poéticos que funda desembocan en palabras que, al tocar la realidad visible o al nombrar lo mirado, se vuelven versos, hilos mágicos de la contemplación. De esos actos contemplativos nacen sustancias que forman estructuras simbólicas. La poesía pues se alimenta no de la ausencia sino de la presencia que brota de la luz de los cuerpos y sus sombras, de las cosas y los elementos de la realidad. “Cuando la realidad se transforma en presencia, el cuerpo se hace presente en esta presencia, accede a su capacidad de responder, se vuelve espíritu, permite al espíritu su plenitud”, dijo Yves Bonnefoy, el afamado poeta y ensayista francés, recientemente fallecido.
La poesía trasciende la historia, ya lo sabemos desde Aristóteles, pero no trasciende la naturaleza porque se alimenta y nutre de ella: le pone sustancia alquímica y movimiento. En su Poética, este filósofo concibió el arte como mimesis de la naturaleza, es decir, en tanto imitación, no como copia o reproducción  sino en cuanto representación de la realidad. En tal virtud, Ángela Hernández se apropia de la naturaleza, mediante el lenguaje poético, y la transforma en experiencia estética de la realidad. No la imita, pero sí la representa como espejo de contemplación en la que esta deviene retórica del paisaje. Si el hombre es un ser hecho de naturaleza, no menos cierto es que es un ente de palabras, con las que nombra y designa, invoca y convoca el discurso de lo vivido y lo soñado, lo imaginado y lo pensado.  
Como apasionada cultora y artífice del arte fotográfico, Hernández Núñez hace matrimoniarse la imagen fotográfica y la palabra poética en este libro al que enigmáticamente ha titulado Acústica del límite, y que lleva por subtítulo Poesía e imagen. Así pues, las fotografías que ilustran este texto verbal se vuelven testimonio y radiografía, documento y testamento vital que retrata los límites de la luz y la sombra. Esta obra evoca el sonido de las palabras poéticas, en los límites que bordean las fronteras entre la imagen vertiginosa y móvil de la mirada sensible. Pero entre los intersticios de las palabras se cuela el silencio de la contemplación amorosa del paisaje y del cuerpo erótico masculino. En efecto, paisaje natural y cuerpo artificial fundan un contrapunto en el que la poesía se convierte en eje de mediación entre la mirada poética y la realidad que participa como espejo, en que se reflejan y refractan, el ojo y el oído. El silencio incendia las palabras y adopta sentido no luminoso sino musical. La melodía rítmica del silencio, que brota de la sustancia de las palabras en su envés, funda un tiempo de la naturaleza, en una especie de “soledad sonora” -como dijo Juan Ramón Jimenes-, o “música callada” -al decir del místico San Juan de la Cruz. 
En este texto el canto poético es secreto y actúa como sucedáneo del discurso lírico. De ese modo, la armonía secreta entre lo cantado y lo dicho en el poema articulan un difícil equilibrio en el mundo poético que crea. Poesía dicha en espacio abierto,  o cielo abierto, más bien, en el que siempre hay una inmensa luz que puebla el silencio. Si como Octavio Paz  inicia su tesis de Los signos en rotación, diciendo que “La historia de la poesía es la de una desmesura”, en Ángela Hernández la poesía deviene aire de familia de una economía verbal mesurada y ascética,  a la manera de los místicos orientales, es decir, no escrita en duermevela, ni con los ojos cerrados, sino con los ojos abiertos del poeta iluminado de inmensidad -como dice Giusseppe Ungaretti-  o alumbrado  de pasión. Como el legendario Diógenes el cínico, el filósofo sofista griego que buscaba con una linterna durante el día un hombre honesto, nuestra poeta no necesita una linterna, pues la lleva dentro de los ojos de su conciencia estética.
La autora de Mudanza de los sentidos no busca la otra voz del poeta, tan cara a la tradición y a la concepción de Eliot del poeta moderno, sino que persigue el color y la luz que alcanza en el paisaje de la imaginación, en un marco simbólico de sentidos que le sirve de fuente de invocación. “En su rotación, el poema emite luces que brillan y se apagan sucesivamente. El sentido de ese parpadeo no es la significación ultima pero es la conjunción intrínseca del yo y el tú”, afirma enfáticamente Octavio Paz en su célebre tratado de poética El arco y la lira
El sueño y el amor, la brevedad y el esplendor de la mirada se sustancializan en la articulación de este libro de poesía en movimiento. Alquimista de la contemplación poética, Ángela Hernández transforma en materia visible lo invisible, y plasma, en tono lírico, la percepción del paisaje simbólico del mundo, el cual transfigura desde la vigilia, no desde la “otra orilla” del sueño, como los surrealistas o los budistas. Su concepto de paisaje como referente simbólico, como lo concibieron los poetas postumistas, no adopta aquí claves nacionalistas, sino, antes bien, la universalidad horizontal de la naturaleza cósmica.
Jardines y aire, mar y río…, todo sirve, se transforma, galvaniza y combustiona, desde el ojo poético, no desde el oído musical. Pintura y no música, la representación del paisaje como temática poética que logra nuestra laureada narradora y poeta en esta obra lírica se lee como el de una luminosa mirada no desde el ojo que piensa, sino desde el ojo que sueña. La suya es la mirada del voyerista urbano y rural que disfruta y vive la experiencia sensorial de lo visto no para descubrirse a sí mismo sino para nombrar, en cambio, el silencio del mundo.  Oigámosla:

Un ala blanca garabatea la nieve,
un ala roja dormita en una llama
un ala gris abraza nido de espinas (p. 16)

Apuntes de un diario sentimental y notas de viaje definen esta poética, así como  los procedimientos expresivos que le imprimen cuerpo y sustancia a este poemario de la reflexión lírica. Con el mismo la autora de Arca espejada y Alicornio no nombra poéticamente lo que sueña sino lo que ve y desea. Cada mirada es una celebración de los instintos y los sentidos, una eucaristía apasionada del misterio del mundo. Cada golpe de visión es un pretexto no para callar sino para describir, en tono estético, la representación natural del universo botánico y animal.
La poesía que dimana de este texto se nutre y alimenta de la contemplación estética de la naturaleza, producto de meditaciones y observaciones, tras la búsqueda por auscultar en los misterios de las cosas y el lenguaje de los cuerpos. Amor como celebración del cuerpo y visión frente a la ceguera de lo inmóvil, Ángela Hernández ha sabido sumar y plasmar morosamente actos y conductas de animales y plantas, flores y ríos, mares y pájaros, y de ahí que haya captado instantes y pulsaciones, respiraciones, olores y sonidos emitidos por la naturaleza, en sus estados materiales y orgánicos. En este libro desfilan haikus, tankas y aforismos impulsados por anáforas y sinestesias, en un diálogo entre naturaleza y cuerpos.  De entre estos escojo una muestra:
En mi lágrima
se dibuja
el ala de una libélula
o su alma
o mi alma… (p. 132).

Gris
gris
casi como yo
está el cielo
a punto
de caer (p. 134).
Para crear música
ya es hora
de aflojar la carga (p. 135).



Regreso
 A mí
rondando (en la pendiente)
de una lágrima (p. 136).

Toda belleza cabe
en el corazón que borra
en su hondura lastimada
los agravios (p. 137).
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Grado a grado
restituyo a mis sueños
la pulcritud
de la desesperanza (p. 137).
Entre el ser y el no ser
el inédito  latido
absoluto (p. 140).

Zoología y botánica poéticas, personificaciones y prosopopeyas, oriente y occidente se abrazan y comulgan en conjunciones y disyunciones, yuxtaposiciones y superposiciones entre fotografía y poesía, palabra e imagen. Así pues, la fotógrafa y la poeta se cruzan y entrecruzan en tiempo y luz. Sabiduría de las cosas y realidad de los elementos químicos, inteligencia de la visión, Ángela Hernández como química de profesión y fotógrafa de afición, deja entrever su pasión, y ha extraído con luminosa rentabilidad poética, desde su experiencia a posteriori, las posibilidades estéticas y metafísicas de las sustancias y los átomos, a la manera en que lo han hecho con asombrosa magia el poeta mexicano Alberto Blanco, o el uruguayo poeta y narrador Rafael Courtoisie. Al decir verdad, parece que las profesiones de biólogos y químicos han permeado y nimbado el imaginario lírico de estos poetas, y han escrito poemas no sin gracia y eficacia poéticas.
Este libroAcústica del límite, apunta a la definición o aproximación poética de las miríadas de sonidos de la naturaleza y los ilimitados lenguajes que emiten los cuerpos y los objetos del universo. Este conjunto de poemas, algunos breves, de pocos versos y brevísimos, y otros extensos, articulados en claves de enumeración caótica,  en la tradición de Pessoa o Whitman, no se leen como notas de insomnios sino de la vigilia y la mirada de la visión diurna, como se lee en el poema ¡Sorpréndeme!, oh amado mío:
Con flores de aire
Con flores antárticas
Con flores imanes
Con flores voladoras
Con flores incandescentes
Con flores de Las mil y una noches
Con flores que salten desde la punta de la lengua (p. 22).

O como en el poema Con el temblor de tu vientre se reescribe el Cantar de los cantares:

En tus sienes ensayan las aves cantoras todo el día
En tus sienes se asientan enjambres errantes
En tus sienes los árboles consumen sol
En tus sienes se reparan silabas caídas. P. 34).

Brevedad del poema y captación de la ebullición del instante o la fugacidad, percepciones de lo instantáneo y lo móvil, este texto se define como poesía de la sensibilidad, escrita con todos los sentidos en movimiento. Es decir que sus imágenes nacen del sustrato de las cosas y desde el pensamiento participa, además, como sucedáneo de la imagen y del lenguaje poético.
Poema de amor donde el hombre y la mujer danzan al ritmo de la pasión y el deseo: escriben con su piel y sus cuerpos la geografía del tacto. Los de este poemario son versos dignos de escribirse sobre piedras, frases poéticas que definen y nombran lo visible y lo concreto. Iluminaciones, amaneceres y atardeceres, alba y crepúsculo son percibidos y captados, mediante la observación poética del mundo, por su yo literario. El sueño como alquimia del cuerpo, contemplación cartesiana en la que el pensamiento  se disipa como pasión instantánea, en un  rapto de iluminación, evoca ecos surrealistas que resuenan en el mundo poética que funda Ángela. Ecos dadaístas y creacionistas afloran y reverberan (como en el poema Rubeola, página 112), en una elucubración de la técnica del simultaneísmo impuesta por Apollinaire y Max Jacob, que tuvo tanta influencia en Octavio Paz, o en la poesía cubista de Reverdy y el propio Apollinaire, en sus Caligramas. Además, se perciben reminiscencias de las filosofías orientales, mezcladas en contrapunto con cierta sabiduría popular rural. Ángela Hernández ha sabido capitalizar el lenguaje del bosque y la psicología animal en este libro que es, a un tiempo, una potente conjunción entre la inocencia y la experiencia, en una suerte de poética de lo visible contemplativo.
Premio Nacional de Literatura 2016, poeta, cuentista y novelista, autora de los poemarios Edades del asombro, Arca espejada, Telar de  rebeldía, Alicornio y Onirias, de las novelas Metáfora del cuerpo en fugaMudanza de los sentidos y de Charamicos, así como de los libros de cuentos Piedra de sacrificio, La secta del crisantemoAlótropos, entre otros, Ángela Hernández nos seduce con el temblor lírico de su prosa y la profundidad de sus versos. Con este poemario henchido de sabiduría poética y serenidad imaginativa les abre los ojos a sus lectores para que celebren el espectáculo de la naturaleza y la emoción de estar vivos para contemplar la luz de los cuerpos y el verdor del mundo exterior. Escuchen pues los latidos de este libro y miren lo que ella quiere que veamos, pero que olvidamos cotidianamente.
Muchas gracias.

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