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¿Quién es Ángela Hernández Núñez?

Premio Nacional de Literatura 2016. Nació en Buena Vista Jarabacoa, República Dominicana, 6 de mayo de 1954. Graduada con honores de Ingeniería Química. Narradora y poeta. Apasionada del cine y la fotografía. Textos de su autoría se han traducido al inglés, francés, italiano, islandés, bengalí y noruego. Se incluyen en importantes antologías. Es Premio Cole de novela corta, a la novela Mudanza de los Sentidos, 2001; dos veces premio nacional de cuento. Su libro Alicornio mereció el premio nacional de poesía.

 LA GRAMÁTICA FEMENINA DE ÁNGELA HERNÁNDEZhttps://acento.com.do/opinion/la-gramatica-femenina-de-angela-hernandez-8200192.html


DENTRO DEL BOSQUE

La gramática femenina de Ángela Hernández

Por YLONKA NACIDIT PERDOMO 

Ángela Hernández (Jarabacoa, 1954) es, entre las escritoras de la generación de los 80s, la más cómplice en la amistad, narradora del imaginario femenino del Caribe, desmitificadora de los estereotipos y prejuicios que hacen de la mujer pensante una mujer-rara. Su voz es la voz de muchas otras; su voz es una confluencia de voces milenarias que rompen las jerarquías del orden impuesto por el autoritarismo; una voz que subvierte, que no trae otro pretexto que re-construir ese yo-nuestro aprisionado por los conflictos de las identidades de género.

Ángela Hernández es una mujer que nunca tiene las manos vacías; su vida no se puede contar de una manera cronológica ni lineal, porque su arraigo en la existencia de las otras, se ha hecho un paisaje crepuscular al cual vamos al encuentro, sin olvidar que, a veces, huimos como fugitivas haladas por el viento celestial del vacío y del olvido. La gramática femenina de Ángela hace a las “verdades”,  reflexiones; al deseo un telégrafo de un excitante sentir; a la enajenación  evidencia del absoluto; a lo advertido, inquietud; al exilio, extrañeza; al tiempo, una crónica oscilante; a la infancia, una confrontación con el conjunto de lo visible; a la teoría del lenguaje, un pretexto para mirar las edades donde las mujeres nos resistimos a morir como un objeto.

De ahí que, en su abandono total a la escritura, su obra sea fértil con coordenadas en progresión, exploratoria de signos donde lo real –desde una postura contestataria- sea el disenso, la vigilante exaltación de lo onírico como reverso de la oscuridad del claustro, cuando las palabras operan en el inconsciente con enigmas para develar el presente sin idas ni vueltas a las máscaras suicidas de la cotidianidad.

Los manuscritos de Ángela, por sí mismos, se asumen  tripulantes en la mar de sus sueños cuando van detrás de ella para conversar, y darle a su errancia un argumento. Entiendo que no hay fórmulas para escribir, sin embargo, dicen que sí cuando la opción de escribir, cargada de un propósito ideológico, se lanza como una flecha sobre el corazón de un tigre.

Ángela Hernández lleva tiempo guardando una llave cardinal, una llave puntual, que no se cosifica porque no tiene formas ni geometría alguna. Esa llave, de la cual recuerdo haber leído en uno de los cuentos de Horacio Quiroga, que un suicida  lanzó al vacío,  Ángela la recupera para salvar a las mujeres de su tiempo del suicidio emocional del olvido.

Esa llave solo tiene una inscripción que no se advierte con la mirada ni en lo inmediato, sino cuando se asume el desafío de derrumbar las diferencias. Esa llave lleva moldeada como si fueran las lenguas del fuego de los siglos la siguiente leyenda: “Concelebrar la vida es aprender que lo común es relativo; quien quiera tener memorias debe asumirse mujer, hacerse mujer, ser crisálida, no ser un sujeto de alabastro ni simuladores suicidas del poder; debe hilar, hilar alientos sin permitir que el murmullo de los dioses comunique meandros en los días primeros del mes. Quien quiera concelebrar la vida no puede vestirse sólo de color fresa-verde, tiene que echar raíces en un terreno fértil para romper el conjuro de las trivialidades y el inmediatismo; tiene que quebrar a la imaginación a la hora tercera del sueño cuando sólo los duendes giran sobre los anillos de la metáfora”.

La historia de esta llave me la contó el entrañable silencio, amigo eterno que acompaña a las escritoras de la diferencia  en sus exploraciones discursivas,  y al escribir sus propuestas textuales “obedientes” a la libertad de la creación.

Es por las alianzas secretas que las causalidades distintas, inmateriales, ajenas a la fuga del misterio traen que, intuyo el porqué  Ángela sabe que no se puede escribir como “muñecas” desde la marginalidad, porque aceptarlo es asumirnos como mujeres-rotas. Escribir lo sé, es para Ángela Hernández, dar riendas sueltas al inicio de un vuelo con los avisos de que la línea que vemos en el horizonte es la inocencia. Por lo cual, le pido decirnos: si escribir infringiendo el olvido es no ser ciega ante las angustias que trae la soledad… desnudarse, cantar, sobornar al tiempo y hacer urgente al presente

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Entre las esforzadas Videntes y las subversivas inteligencias

Por Ángela Hernández Núñez Hay en la historia humana largos períodos que transcurren en lentitud y sin mayores mutaciones. Existen otros que parecen estar hechos de saltos. El Siglo XX es de vértigo:

LEONA O LA FIERA VIDA cap. dieciocho

¿Qué me sucede? ¿Quién me explica? Un licor de urgencias humedecía mi esqueleto. Me echaba a la boca puñados de semillas de girasol inflamadas de belleza. Hincada en la orilla, metía los brazos en el río para atrapar luces sumergidas. De mis cabellos mojados goteaban palabras. A Batalla la escudriñaba por largo rato, desesperando por el mensaje que se escondía en sus ojos. ¿Qué piensa Beba cuando asoma sus ojos amarillos a este río sobrecargado y frágil, manchado y reluciente? ¿Qué piensa de esta acumulación de ecos, chasquidos, música? Piensa que el caos acecha desde hace meses. Piensa que leo más libros de los que aguanto. Que las letras apiñadas en el cerebro trastornan el juicio. Que la experiencia es pequeña y complicados los mundos en las páginas. Que me ha visto cantar y gruñir mientras sueño. Que sabe del proceloso río y de sus ramificaciones. Con señas de muda, le comunico que los sucesivos cauces, meandros y quebradas pasan por mí como las sombras de las nubes sobre las montañas o el enjambre de mariposas que no hace mucho sobrevoló Quima. Que no es para asustarse ni mucho menos. Pero el formidable esfuerzo de calmarla, estando yo sobre ascuas, hace que mis apretados párpados exuden ardientes gotas. El universo se nutre de mí. Huele a mi través. Escucha. Se goza en mi existencia rasgada. A cambio, puedo hablar en la lengua de los cocuyos. Teñir mis dedos en la hierba. Morder la escama del dragón hasta triturarla. Todo para que Emilio, al fluir por mi sangre como por una quimera, donde esté sobreviva. Abro los ojos en la ignición de un sueño. Las palabras se asientan en mis labios crecidos como fruta de agosto. Me clavan sus dientecillos de leche. Peinan mi boca con plumillas de colibrí. En la lengua me incrustan brasas como granos de azúcar negra. Algunas se derriten en mi saliva, haciéndome recordar a cubitos de añil en el agua. Aun las horribles (las erizos, las bilis, las babosas, las fogaratés, las espectros) transmiten querencia, no menos que las mullidas, sugestivas, cándidas. ¿Qué me provoca este fenómeno? ¿El sufrimiento de Emilio? ¿Las resonancias de la guerra? ¿El polvo mágico con el que dedos invisibles me alargan y redondean partes de mi cuerpo? ¿La ausencia de Virgilio? ¿El declive de mi madre? ¿Las historietas, los libros? ¿Los hijos de Noraima? ¿Mi reabsorción por Quima? ¿Qué? ¿Todo junto? Era como para esconder mis ojos delatores, mi alocado semblante. Beba no debía enterarse de las metamorfosis que operaban en mí, porque entonces sí que iba a coger el monte pensando que me había picado la misma mosca de metálico brillo (la mosca mecánica, la escapada del futuro, decían) que envenenó de alucinaciones a Leoncio, el perito forestal nuero de Florinda (hasta que el tétano, cogido en una herida en la planta del pie al pisar una lata de sardina mohosa, terminó con su tortura mental y con su vida). En el canto del absurdo, me derribaba el sueño. (Tal vez mi cerebro desarrollaba trances para imponerme reposo). Por la mañana me encontraba como si saliera de una jornada en otro planeta, derivando selvosos mensajes, lenguajes fronterizos.

La cualidad de la nostalgia

Cuento de Ángela Hernández Núñez

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angelahn@gmail.com, Santo Domingo, República Dominicana