EL
CARIBE EN CUENTOS
Silda
Cordoliani
Narradora,
poeta y ensayista, Ángela Hernández se cuenta entre las escritoras
latinoamericanas que han logrado desarrollar una de las obras más sólidas y singulares
del continente.
Nacida en la década de los 50, su
declarada condición feminista se arraiga en la llamada Segunda Ola del
movimiento, cuando la violencia contra la mujer sale a la palestra pública para
revelarse como un problema social. Le toca asimismo, durante su niñez y
juventud, vivir en un país convulso, golpeado por regímenes altamente
represivos y guerras intestinas. Sin embargo, ambas experiencias –que de una
manera u otra hallamos latentes en toda su obra, y que han sido destacadas por
estudiosos y críticos– no son las que otorgan a sus cuentos y novelas esa
pródiga luminosidad y sensualidad en medio de argumentos con frecuencia
trágicos y amargos, aunque nunca carentes de ternura. Porque lo que determina
la búsqueda literaria de esta autora, tal como lo puntualizara el poeta y
ensayista dominicano José Rafael Lantigua, no es otra cosa que el lenguaje: “El manejo del lenguaje es pues –dice–,
una materia esencial en la cuentística de Ángela Hernández, por encima del
enmarcado temático”. Se trata de una escritura empapada
de humedad tropical, generosa en detalles descriptivos, saturada de colores, olores y sabores, que suelen evocar esa Jarabacoa rural donde la
escritora nació y creció, recreada además en buena parte de sus cuentos y
novelas.
Hablamos de un lenguaje que se nutre y destila la exuberancia caribeña,
portador de una textura verbal conformada por deslumbrantes metáforas,
reveladoras enumeraciones e hipérbatos, cuidadas y líricas construcciones
verbales que nos llevan a tener siempre presente a la poeta que habita tras la
narradora. De esta forma, el lector se sumerge en una suerte de experiencia
sensorial que se funde con la trama anecdótica para despertar esas emociones y
sentimientos que todo creador literario aspira suscitar.
Pero yo
era dichosa en la alquimia compleja de la ristra del ajo, los granos de habichuelas
ablandándose, las mezclas olorosas de las naranjas agrias con los ajíes
picantes, las transformaciones que sucedían a mis juegos. “Masticar la rosa”.
Antes exhalaba un leve perfume de café tostado y maíz tierno, que me
ayudaba a dormir profundo; ahora emanaba de ella un vaho denso a ruda y nuez
moscada. “La abuela poética”.
Afuera, el paisaje se
teñía de un intenso tono rojizo. Una luz fascinante, como de oro viejo y
corazón de brasa, cubría la parte superior de las montañas. La otra parte
permanecía en sombra. “El acuerdo”.
La
complacía mantenerse quieta, en el patio, con los ojos detenidos en insectos
inmóviles. Mariquitas, mariapalitos, mariposas, caballitos del diablo. Cuando
uno emprendía vuelo, ella pestañeaba, señal de que se había roto un frágil
equilibrio. “Ojos
aguados”.
***
Ángela Hernández ha dividido su producción de narrativa
breve en tres grupos. En primer lugar, los cuentos de larga extensión, que
denomina “relatos”; luego aquellos en que la poesía se fusiona con la
narrativa, clasificados con el nombre de “cuentos poéticos”, y por último los
considerados propiamente “cuentos”, a los que corresponden la totalidad de los
reunidos en la presente antología.
Estos veinte cuentos podrían a su vez ser clasificados en
otros tres grupos según el entorno en que se desarrollan: los de ambientación
rural, los urbanos y los que se aproximan al género de la ciencia ficción,
donde ubicaríamos solo dos piezas con fuertes toques oníricos: “Alí Samán” y
“Los Olaxis”, sustentadas ambas por fascinantes personajes femeninos.
Y aquí vale la pena señalar que este énfasis en un
personaje en específico por sobre los acontecimientos o asuntos que lo
circundan, no se ajusta únicamente a los dos textos mencionados, más bien cabría
decir que constituye una constante en la mayor parte de estos cuentos. “El
cuento será la exacerbación de un personaje, de un ámbito o de un hecho, pero
no de todos a la vez”, dice el narrador y crítico venezolano José Balza, una
afirmación que sin duda se relaciona con la concreción que el género requiere.
De cualquier modo, lo importante en este caso es confirmar que nos encontramos
ante una gran constructora de personajes, personajes nada comunes –mujeres por
lo general (desde niñas hasta ancianas)–, condenados en consecuencia a nunca
encajar por completo en el mundo que los rodea. Así, por ejemplo, Jully de
“Dálmata”, Filomena de “Ojos aguados”, o Georgina y
Alberta de “Sin declararse”, objetos dilectos de las murmuraciones y
comentarios pueblerinos, son el foco fundamental de lo narrado. Eso mismo se
repite con la viejita Dolores de “Leve aluvión”, el obrero Juan Lené de “La
fotografía quemada”, o el patriarca de la familia gravemente enfermo de “¿Qué
se puede perder?”, seres fuera de la norma que funcionan como epicentro de
estos otros cuentos enmarcados en un contexto urbano.
Es importante llamar la atención sobre dos cuentos de esta antología:
“Masticar una rosa”, de 1993, y “Umbral del milenio”, con el que concluye el
libro. El primero, porque la enternecedora Cristina, esa niña narradora capaz
de convertir a su hermano muerto en un ángel que se desliza por la pomarrosa,
va a ser rescatada años después con el nombre de Leona en las novelas Mudanza
de los sentidos (2001) y Leona o la fiera vida (2013). En cuanto a
“Umbral del milenio”, su particularidad dentro de esta selección reclama
mención especial tanto por el protagonismo coral de los varios personajes que
circulan en un mismo espacio –convirtiéndolo así, de acuerdo con Balza, en un
cuento cuya intención se dirige hacia “un ámbito”–; como por su mordaz ironía y
la muy evidente experiencia propia y próxima que asoma.
Disfrutar a plenitud de Caribe en breve nos exige ir más allá de lo
que cuenta, sumergirnos en su lenguaje para ser capaces de captar, gozar y aprehender
cada una de las riquísimas imágenes de esta maestra del relato tropical y
caribeño.
Huerga y Fierro
Madrid, 2026
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