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¿Quién es Ángela Hernández Núñez?

Premio Nacional de Literatura 2016. Nació en Buena Vista Jarabacoa, República Dominicana, 6 de mayo de 1954. Graduada con honores de Ingeniería Química. Narradora y poeta. Apasionada del cine y la fotografía. Textos de su autoría se han traducido al inglés, francés, italiano, islandés, bengalí y noruego. Se incluyen en importantes antologías. Es Premio Cole de novela corta, a la novela Mudanza de los Sentidos, 2001; dos veces premio nacional de cuento. Su libro Alicornio mereció el premio nacional de poesía.

La sonrisa del Dalai Lama

El domingo vi con regocijo la excelente película Kundun, La tormenta interior,  dirigida por Martin Scorsese (1997). Este director se reivindicó ante mis ojos.
Recordé un episodio importante. Y busqué en mis archivos una foto que le había tomado al  líder espiritual de la Región del Tibet, en junio de 1993. Al Dalai Lama se le impidió expresarse en la asamblea de los representantes de Estados durante la Conferencia Mundial de Derechos Humanos, celebrada en Viena del 14 al 25 de junio de 1993. Bastó la dura oposición de China. Y esta fue la causa de que yo tuviera la fortuna de conocerlo. El líder espiritual de la Región del Tibet Dalai se dirigió a los jardines de Unicef y tras él marcharon cientos; incluso toda la prensa internacional. Lloviznaba. Los jardines se cubrieron de sombrillas. La multitud aguardó. Respetuosa. Expectante. En el improvisado y modesto escenario destacaban las vestimentas color naranja de los monjes. Un helicóptero sobrevoló, cerca. El Dalai Lama sonrió como un niño, señalándolo con el índice. “Nice”, dijo y la multitud sonrió con él. Habló de la compasión y del amor, sin mencionar el agravió que acababan de sufrir, él y todo lo que su persona representaba. Sus palabras, la llovizna, el silencio de la multitud, el jardín cubierto de sombrillas… Fue uno de los momentos singulares de aquella cumbre de Naciones Unidas, en la que me encontraba en calidad de corresponsal de Fempress. La imagen, el sucinto y conmovedor discurso del Dalai Lama y los impactantes testimonios escuchados en el Tribunal de la Mujer, funcionando por primera vez en un evento de esta magnitud, marcaron mi memoria. (Un día atrás, todos los periodistas y fotógrafos, objetivos por definición lloraron  –lloramos– sin contención ante los testimonios de mujeres, algunas ancianas, víctimas de la esclavitud sexual durante la II Guerra Mundial, la mutilación de los genitales en niñas africanas, las brutales violaciones durante “la limpieza étnica” ejecutada por los serbios, la desfiguración del rostro por ataques con ácido perpetrados por exparejas … Una anciana filipina, que había sido secuestrada y esclavizada por soldados japoneses dijo que a las jóvenes esclavas sexuales les impedían hasta el suicidio. Ella había hecho todo lo posible por envenarse).
Tremenda experiencia: la ciudad deslumbrante de Viena, sus músicos, Klimt, el Danubio, los danzantes indígenas llegados de Sudamérica y Centroamérica, las muchas nuevas naciones que emergieron tras la caída del muro de Berlín; las iglesias góticas que, al contemplarlas, nadie diría fueron reducidas a escombros por bombardeos…; las voces heroicas de la libertad, los estremecedores testimonios de barbarie… Pero sobre todo esto, se eleva la voz suave y firme de la compasión, las sencillas palabras pronunciadas por el Dalai Lama en los jardines de Unicef, la llovizna, el silencio…






 (La Conferencia Mundial de Derechos Humanos celebrada en Viena del 14 al 25 de Junio de 1993, generó un cambio fundamental en la teoría de los derechos humanos y por ende en la Agenda Social Internacional vigente para esos tiempos. ¨ Dichos cambios se reflejan en el hecho de que se acepta que los derechos humanos pueden disfrutarse tanto en el ámbito público como en el privado, y por lo tanto pueden violarse en ambos ámbitos. ¨ Hasta ese momento el “sistema” estaba basado en violaciones cometidas por los Estados y referidas al espacio político y social. Además por primera vez, actos de particulares, ocurridos en el espacio privado, pueden originar “responsabilidad estatal”). http://www.slideshare.net/guestcfb92fa/conferencia-internacional-sobre-los-derechos-humanos


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Entre las esforzadas Videntes y las subversivas inteligencias

Por Ángela Hernández Núñez Hay en la historia humana largos períodos que transcurren en lentitud y sin mayores mutaciones. Existen otros que parecen estar hechos de saltos. El Siglo XX es de vértigo:

LEONA O LA FIERA VIDA cap. dieciocho

¿Qué me sucede? ¿Quién me explica? Un licor de urgencias humedecía mi esqueleto. Me echaba a la boca puñados de semillas de girasol inflamadas de belleza. Hincada en la orilla, metía los brazos en el río para atrapar luces sumergidas. De mis cabellos mojados goteaban palabras. A Batalla la escudriñaba por largo rato, desesperando por el mensaje que se escondía en sus ojos. ¿Qué piensa Beba cuando asoma sus ojos amarillos a este río sobrecargado y frágil, manchado y reluciente? ¿Qué piensa de esta acumulación de ecos, chasquidos, música? Piensa que el caos acecha desde hace meses. Piensa que leo más libros de los que aguanto. Que las letras apiñadas en el cerebro trastornan el juicio. Que la experiencia es pequeña y complicados los mundos en las páginas. Que me ha visto cantar y gruñir mientras sueño. Que sabe del proceloso río y de sus ramificaciones. Con señas de muda, le comunico que los sucesivos cauces, meandros y quebradas pasan por mí como las sombras de las nubes sobre las montañas o el enjambre de mariposas que no hace mucho sobrevoló Quima. Que no es para asustarse ni mucho menos. Pero el formidable esfuerzo de calmarla, estando yo sobre ascuas, hace que mis apretados párpados exuden ardientes gotas. El universo se nutre de mí. Huele a mi través. Escucha. Se goza en mi existencia rasgada. A cambio, puedo hablar en la lengua de los cocuyos. Teñir mis dedos en la hierba. Morder la escama del dragón hasta triturarla. Todo para que Emilio, al fluir por mi sangre como por una quimera, donde esté sobreviva. Abro los ojos en la ignición de un sueño. Las palabras se asientan en mis labios crecidos como fruta de agosto. Me clavan sus dientecillos de leche. Peinan mi boca con plumillas de colibrí. En la lengua me incrustan brasas como granos de azúcar negra. Algunas se derriten en mi saliva, haciéndome recordar a cubitos de añil en el agua. Aun las horribles (las erizos, las bilis, las babosas, las fogaratés, las espectros) transmiten querencia, no menos que las mullidas, sugestivas, cándidas. ¿Qué me provoca este fenómeno? ¿El sufrimiento de Emilio? ¿Las resonancias de la guerra? ¿El polvo mágico con el que dedos invisibles me alargan y redondean partes de mi cuerpo? ¿La ausencia de Virgilio? ¿El declive de mi madre? ¿Las historietas, los libros? ¿Los hijos de Noraima? ¿Mi reabsorción por Quima? ¿Qué? ¿Todo junto? Era como para esconder mis ojos delatores, mi alocado semblante. Beba no debía enterarse de las metamorfosis que operaban en mí, porque entonces sí que iba a coger el monte pensando que me había picado la misma mosca de metálico brillo (la mosca mecánica, la escapada del futuro, decían) que envenenó de alucinaciones a Leoncio, el perito forestal nuero de Florinda (hasta que el tétano, cogido en una herida en la planta del pie al pisar una lata de sardina mohosa, terminó con su tortura mental y con su vida). En el canto del absurdo, me derribaba el sueño. (Tal vez mi cerebro desarrollaba trances para imponerme reposo). Por la mañana me encontraba como si saliera de una jornada en otro planeta, derivando selvosos mensajes, lenguajes fronterizos.

La cualidad de la nostalgia

Cuento de Ángela Hernández Núñez

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angelahn@gmail.com, Santo Domingo, República Dominicana