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¿Quién es Ángela Hernández Núñez?

Premio Nacional de Literatura 2016. Nació en Buena Vista Jarabacoa, República Dominicana, 6 de mayo de 1954. Graduada con honores de Ingeniería Química. Narradora y poeta. Apasionada del cine y la fotografía. Textos de su autoría se han traducido al inglés, francés, italiano, islandés, bengalí y noruego. Se incluyen en importantes antologías. Es Premio Cole de novela corta, a la novela Mudanza de los Sentidos, 2001; dos veces premio nacional de cuento. Su libro Alicornio mereció el premio nacional de poesía.





DURA EXPERIENCIA
23 de diciembre 2018
"A ti hay que fusilarte", me acaban de gritar una y otra vez. "Traidora", me repetían". "Fusilarte". "Tú no eres dominicana". "Traidora". "Hay que fusilarte". Aún tiemblo. Y no sé si es indignación o rabia, porque miedo no es. Un rato antes, escuchaba a los ruiseñores con los ojos cerrados y el corazón abierto a tanta belleza, a tanto esplendor de este domingo vísperas del nacimiento de Jesús. Caminando, respondía el "buenos días" de otros caminantes. A veces, el saludo es un intercambio de miradas. Una sonrisa. Por entre los árboles contemplé el mar, en donde aún me parecía que el sol seguía durmiendo porque las aguas se habían transformado en un pulido manto de plata.
Retornando de mi caminata, observé grupos de policías y a sus vehículos, incluyendo una cárcel con ruedas (muchos ya estaban allí cuando llegué). Vi la bandera dominicana. A un desfile de gente vistiendo chalecos amarillos. ¿Celebraban la Navidad? ¿Alguna fiesta? Me acerqué. Al escuchar sus consignas rebosantes de un odio irracional, confieso que no logré contenerme. Les grité: ¡fascitas! ¡anticristianos! ¡alumnos de Hitler! Me fotografiaron, me grabaron, yo seguí. Y cuando uno se me aproximó diciéndome: "A ti hay que fusilarte!, abrí los brazos y le grité: Ven, fusílame. Se me aproximaron muchos, hombres y una mujer, gritándome: "Traidora", "A ti hay que fusilarte", etc. 

Tal vez solo debí contemplarlos. Tenerles pena por su ideología emponzoñada, pero sentí que dentro de mí estallaban las palabras. Estaba sola frente a ellos y a los silenciosos agentes de la PN. Sin embargo, solo sentía coraje. Nada de temor. Si el siglo XX no nos enseñó suficiente sobre el odio, si el horror de las "limpiezas étnicas" no nos enseña nada, entonces tendría que creer que la violencia de la estupidez será la peste, el monstruo que destruirá a la vida humana tal como la conocemos. Y me niego mil veces a creer eso. Cada día descubro un millón de razones para vivir. Mi fe me la inspira el primer y más trascendente de los mandamientos: Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. La canción nueva que circula por nuestro mundo desde el nacimiento de Jesús es la canción del amor. Y es con el amor como espíritu, energía y emblema que debemos buscar soluciones a todos los conflictos.

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Entre las esforzadas Videntes y las subversivas inteligencias

Por Ángela Hernández Núñez Hay en la historia humana largos períodos que transcurren en lentitud y sin mayores mutaciones. Existen otros que parecen estar hechos de saltos. El Siglo XX es de vértigo:

LEONA O LA FIERA VIDA cap. dieciocho

¿Qué me sucede? ¿Quién me explica? Un licor de urgencias humedecía mi esqueleto. Me echaba a la boca puñados de semillas de girasol inflamadas de belleza. Hincada en la orilla, metía los brazos en el río para atrapar luces sumergidas. De mis cabellos mojados goteaban palabras. A Batalla la escudriñaba por largo rato, desesperando por el mensaje que se escondía en sus ojos. ¿Qué piensa Beba cuando asoma sus ojos amarillos a este río sobrecargado y frágil, manchado y reluciente? ¿Qué piensa de esta acumulación de ecos, chasquidos, música? Piensa que el caos acecha desde hace meses. Piensa que leo más libros de los que aguanto. Que las letras apiñadas en el cerebro trastornan el juicio. Que la experiencia es pequeña y complicados los mundos en las páginas. Que me ha visto cantar y gruñir mientras sueño. Que sabe del proceloso río y de sus ramificaciones. Con señas de muda, le comunico que los sucesivos cauces, meandros y quebradas pasan por mí como las sombras de las nubes sobre las montañas o el enjambre de mariposas que no hace mucho sobrevoló Quima. Que no es para asustarse ni mucho menos. Pero el formidable esfuerzo de calmarla, estando yo sobre ascuas, hace que mis apretados párpados exuden ardientes gotas. El universo se nutre de mí. Huele a mi través. Escucha. Se goza en mi existencia rasgada. A cambio, puedo hablar en la lengua de los cocuyos. Teñir mis dedos en la hierba. Morder la escama del dragón hasta triturarla. Todo para que Emilio, al fluir por mi sangre como por una quimera, donde esté sobreviva. Abro los ojos en la ignición de un sueño. Las palabras se asientan en mis labios crecidos como fruta de agosto. Me clavan sus dientecillos de leche. Peinan mi boca con plumillas de colibrí. En la lengua me incrustan brasas como granos de azúcar negra. Algunas se derriten en mi saliva, haciéndome recordar a cubitos de añil en el agua. Aun las horribles (las erizos, las bilis, las babosas, las fogaratés, las espectros) transmiten querencia, no menos que las mullidas, sugestivas, cándidas. ¿Qué me provoca este fenómeno? ¿El sufrimiento de Emilio? ¿Las resonancias de la guerra? ¿El polvo mágico con el que dedos invisibles me alargan y redondean partes de mi cuerpo? ¿La ausencia de Virgilio? ¿El declive de mi madre? ¿Las historietas, los libros? ¿Los hijos de Noraima? ¿Mi reabsorción por Quima? ¿Qué? ¿Todo junto? Era como para esconder mis ojos delatores, mi alocado semblante. Beba no debía enterarse de las metamorfosis que operaban en mí, porque entonces sí que iba a coger el monte pensando que me había picado la misma mosca de metálico brillo (la mosca mecánica, la escapada del futuro, decían) que envenenó de alucinaciones a Leoncio, el perito forestal nuero de Florinda (hasta que el tétano, cogido en una herida en la planta del pie al pisar una lata de sardina mohosa, terminó con su tortura mental y con su vida). En el canto del absurdo, me derribaba el sueño. (Tal vez mi cerebro desarrollaba trances para imponerme reposo). Por la mañana me encontraba como si saliera de una jornada en otro planeta, derivando selvosos mensajes, lenguajes fronterizos.

La cualidad de la nostalgia

Cuento de Ángela Hernández Núñez

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angelahn@gmail.com, Santo Domingo, República Dominicana