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¿Quién es Ángela Hernández Núñez?

Premio Nacional de Literatura 2016. Nació en Buena Vista Jarabacoa, República Dominicana, 6 de mayo de 1954. Graduada con honores de Ingeniería Química. Narradora y poeta. Apasionada del cine y la fotografía. Textos de su autoría se han traducido al inglés, francés, italiano, islandés, bengalí y noruego. Se incluyen en importantes antologías. Es Premio Cole de novela corta, a la novela Mudanza de los Sentidos, 2001; dos veces premio nacional de cuento. Su libro Alicornio mereció el premio nacional de poesía.

¿QUÉ ES POESÍA? "Todo resuena, apenas se rompe el equilibrio de las cosas".

LA LIBERTAD AL ESCRIBIR POESÍA
          
“El arte suministra la purificación del espíritu de servidumbre”.
                    Hegel

“La poesía lleva en sí la perfecta compensación de las miserias que padecemos”.
                   André Breton.
¿QUÉ ES POESÍA?

 “La poesía no es menos misteriosa que los otros elementos del orbe. Tal o cual verso afortunado no puede envanecernos, porque es el don del azar o el espíritu; sólo los errores son nuestros (...). En este mundo la belleza es común[1]. Estas son las palabras del poeta argentino Jorge Luis Borges en la introducción a su libro Elogio de la Sombra (1969).

Octavio Paz, el admirado poeta de nuestros tiempos, declaró unos años antes de morir que la poesía es memoria creadora. Llegada después de más de seis décadas de intimidad con ella. Pero, ¿qué significa esto de memoria creadora? Puede ser entendido como “historia”, con la peculiaridad de que es historia viva, inacabada, a la que el ejecutante le ha tributado la pulsación de su ser,  sello de la unidad y de la simbólica ruptura de las cronologías aprisionantes.

Memoria creadora, declara el pensador poeta, como si estuviera legándonos un objeto hechizado en desplazamiento. La persona no tiene por que ser esclava de la historia, del pasado, ni del porvenir, tampoco tiene que resignarse a la cultura. O por lo menos, puede, dice el poeta, mostrar su inquietud, el hambre constante de su mirada.

Pero en la medida en que más se reflexiona, la revelación de Octavio Paz se va aproximando a metafórico augurio. De modo que la poesía concluye definiéndose a través de sí misma, en el rostro del artista que se ha ofrecido a ser espejo de las profundidades y las cristalizaciones.  Entonces la artista y el poeta se escalofrían al percibirse punta de lanza (¿de qué lanza?), trampolín (¿de qué, de quiénes?) o capullo (¿para cuál metamorfosis?).

“La conciencia de las palabras lleva a la conciencia de uno mismo: a conocerse, a reconocerse”, manifiesta Octavio Paz. La Tentativa poética se convierte en tentativa de participación”, agrega. Y en un hermoso párrafo, a propósito de Andrés Bretón, expresa:

Poesía y amor son actos semejantes. La experiencia poética y la amorosa nos abren las puertas de un instante eléctrico. Allí el tiempo no es sucesión; ayer, hoy y mañana dejan de tener significado: sólo hay un siempre que es también un aquí y un ahora. Caen los muros de la prisión mental; espacio y tiempo se abrazan, se entretejen y despliegan a nuestros pies una alfombra viviente, una vegetación que nos cubre con sus mil manos de hierba, que nos desnuda con sus mil ojos de agua. El poema, como el amor, es un acto en el que nacer y morir, esos dos extremos contradictorios que nos desgarran y hacen de tal modo precaria la condición humana, pactan y se funden. Amor es morir, han dicho nuestros místicos, también es nacer.”[2]

Si la experiencia de amar y la experiencia poética son de naturaleza semejante,  los pasos del amor y los de la poesía se hallan, por igual, en despliegue y repliegue incesantes. De  ahí la delicadeza y el vértigo, de ahí las estaciones y la contingencia.

Pero cedamos el espacio a la expresión de otros poetas y veremos que el abanico de percepciones sobre el tema podría ser infinito, no sólo en matices.


CONOCERLA EXPERIMENTÁNDOLA

Paul Valéry se interesó por los intentos de descifrar la poesía desde lo externo a ella, que tan exiguos resultados producen.

En cuanto a aquellos que no sienten muy interesante ni la presencia ni la ausencia de la Poesía sin duda es ésta para ellos sólo una cosa abstracta y misteriosamente admitida: cosa tan vana como se quiera, aunque una tradición que es conveniente respetar conceda a esa entidad uno de esos valores indeterminados que flotan en el espíritu público. La consideración concedida a un título de nobleza en una nación democrática puede servir de ejemplo”. Y más adelante: “Admito que la esencia de la poesía sea, según las diversas naturalezas de los espíritus, o de valor nulo o de importancia infinita: lo que la asimila a Dios”. 

     En torno a las pretensiones de interpretarla a partir de la frecuencia de determinados vocablos empleados por el poeta, la musicalidad o bien amparándose en anécdotas de la vida de quien la escribe, Valery sentencia: “Bien podemos contar los pasos de la diosa, anotar la frecuencia y la longitud medias, no por ello descubriremos el secreto de su gracia instantánea (...) Ahora bien; todo reside ahí. La única prenda del saber real es el poder: poder hacer o poder predecir. Todo el resto es literatura” [3].

Con lo cual remata su opinión con un enigma: la poesía es distinta a la literatura. Es en sí, y encierra en su sustancia  sus propios códigos de conocimiento.

RELEVOS CON LA TEA DEL ASOMBRO

¿Empieza la poesía en el lugar en que se agotan la ciencia y la filosofía, tomando de éstas y trascendiéndolas, tomando asimismo de la literatura y trascendiéndola; tocando, como instrumento orientador, estas comarcas  del saber, y de algún modo, conteniéndolas?   ¿Cuál es la relación entre poesía y fe?

Los libros sagrados y los que se presumen revelados están repletos de poesía. ¿Podríamos afirmar que hay poesía allí donde los seres humanos proyectan su rastro de inmortalidad? ¿Zona privilegiada de lo sensible? ¿Podría decirse que todos los lenguajes en sus albores han sido eminentemente poéticos?  ¿Lo siguen siendo?

Cuando en algún remoto lugar una mujer o un hombre, balbuceó  “aquam”, “agua”, “water”,  eau... ¿nombraba la desmesura del océano? ¿ el sonido de la lluvia? ¿nombraba el flujo, la cristalinidad o la materia del río? ¿O acaso, y simplemente, nombraba su sed?  Tal vez aquellos que exclamaron eau descubrían el fabuloso océano, quienes pronunciaron agua por primera vez, se hallaban resguardados, observando los hilos constantes de la llovizna entre la luz solar (¿acababan de amarse?); quienes exclamaron water estaban febriles. Así, los nombres actuales que se traducen como equivalentes (aquam, agua, eua, water...) designaban la sed, la vastedad, el fluir perenne, la luz silenciosa que lava el espíritu en el pasmo reconciliador.

Cada palabra sustantiva de un lenguaje tiene por raíz el asombro. Y cada elaboración maravillosa (mitos, canciones, leyendas) revela el baño de la conciencia en la abundancia que surte, merodea y acompaña. Las palabras nominan al miedo y sus demonios. Las palabras titulan al ángel custodio en cuyas manos florece el fuego y la cascada boreal; ubicuo, fuera como dentro, se desvanece en los vientos y metales, y se multiplica en lluvia; al ángel huevo, ninfa, dragón, tigre y tortuga. Andrógino de la eterna gestación. Imagen del desdoblamiento y la reversibilidad. Las palabras reservan el rubí caliente que se dispara al pecho amante.
El lenguaje es una creación estética ”, reflexiona J.L. Borges y agrega más adelante: “ Ya el hecho de que haya una palabra para silencio es una creación estética”. Y luego afirma: “Creo que la poesía es algo que se siente, y si ustedes no sienten la poesía, si no tienen sentimiento de belleza, si un relato no los lleva al deseo de saber qué ocurrió después, el autor no ha escrito para ustedes[4].

ALGO RESUENA...

El oriente, master de sutilezas, acuña tentadoras interpretaciones. Refiriéndose a la poesía y pintura chinas, explica Pierre Ryckmans: “El poeta, el pintor, están asociados a la creación cósmica. La creación artística es una participación en el dinamismo del universo” [5].

Este autor cita a A.D. Hope, crítico literario profesional, para ejemplificar las coincidencias que en cuanto a definiciones sobre poesía pueden darse en occidente y oriente. A mi parecer, se trata de una certera conjunción. Veamos lo que expresa Hope: “En realidad, no conozco ninguna definición de la naturaleza y de la función de la poesía que me satisfaga más que la idea de poesía como celebración del mundo, por la creación de algo que se añade al orden del mundo, y lo completa”.

Poesía remite, en el concepto chino, a comunión con el universo (y éste comprende las realidades a las que accedemos y aquellas desconocidas), jugando el Qi (soplo, energía) un papel primordial. “De este papel privilegiado que se otorga a la expresión qi, resultan importantes consecuencias. Si el artista consigue transmitir el qi, poco importa que el pretexto formal sea nuevo o copiado. Incluso, se concibe la posibilidad de que una imitación pueda sobrepasar el modelo, en la medida en que la copia consiga manifestar mejor el influjo qi”, dice más adelante Pierre Ryckmans. “El objetivo supremo del artista consiste en captar esa energía del macrocosmo e inyectarla a su obra”, agrega.

Esta efectiva delicadeza para captar la correspondencia entre las cosas (y exceder la dualidad) podemos hallarla en el siguiente poema  de Han Yu (766-824), traducido y titulado por Octavio Paz.

Misión de la literatura.

    Todo resuena, apenas se rompe el
equilibrio de las cosas. Los árboles y las
yerbas son silenciosas; el viento las agita y
resuenan. El agua está callada: el aire la
mueve, y resuena; las olas mugen; algo las
oprime; la cascada se precipita:  le falta suelo;
el lago hierve: algo lo calienta. Son mudos los
metales y las piedras, pero si algo golpea,
resuenan (...)

    Lo mismo sucede entre los hombres; el
más perfecto de los sonidos humanos es la
palabra; la literatura, a su vez, es la forma
más perfecta de la palabra. Y así, cuando
el equilibrio se rompe, el cielo escoge entre
los hombres a aquellos que son más sensibles, y
los hace resonar [6].          



EL PAJARO SE HA CONFUNDIDO CON EL VIENTO

        ¿Pertenece la poesía al dominio de la acción o al de la contemplación?
       “La poesía debe ser hecha por todos”, exclamó Lautreámont. Bueno, tal vez la poesía es hecha por todos.
Un amigo, un poco sorprendido, me contaba que una campesina de Monte Cristi, relatando un suceso, había usado de modo natural la siguiente expresión: “La noche estaba como un dulce viejo”.  Él le preguntó qué quería decir. Ella, manteniendo la espontaneidad, respondió: “La noche estaba tan oscura que no se podía cortar ni con cuchillo, como se ponen los dulces añejos”.

         El quehacer poético no resiste constreñimiento, ni formales, ni de grupos, siempre terminará saltándolos.

               El lugar de la poesía como cosecha y goce exclusivo de elites, ha generado movimientos de impugnación que, por encima de cánones y corrientes estéticas que gozar de aprobación general, proponen la actitud vital, la intención rebelde. En posturas y obras subyacen o se expresa abiertamente, cuestiones éticas y políticas, que aluden tanto al “arte de vivir” como a los poderes sociales, a la interacción del individuo y la colectividad.

       El romanticismo, como movimiento cultural antiburgués y sensibilizador, agudizaba la conciencia demiúrgica del individuo y subvertía actitudes, propiciando acciones -heroicas o suicidas-, individuales o masivas, durante una prolongada época.

La lucha independentista y la formación de las naciones de este continente la pensamos con relación al espíritu de época que generó el romanticismo. Tiempo en el que los individuos estaban dispuestos a arder en su propio fuego, de ser necesario, para palpar su consistencia de personas o naciones. Bolívar, Martí y Duarte fueron románticos. Juventud era vigor de sentimientos y coraje arrebatador. La poesía, entonces, afilaba, consumía.

         Otro ejemplo, de gran influencia incluso en nuestros días, fue el movimiento surrealista. Sobre los surrealistas, ha escrito Aldo Pellegrini: “Más que artistas, hacían el papel de agitadores, y en ello parecía mezclarse lo político y lo filosófico con lo poético, al mismo tiempo que un curioso espíritu de investigación se unía un afán por la aventura y el escándalo” (...). La poesía para los surrealistas es el verbo en su calidad de sonda lanzada hacia la profundidad del hombre... es el lenguaje de lo inexpresado[7].

        La divina irreverencia de estos poetas, lujuriosamente ácidos y exigentes, jugando a menudo en las fronteras de lo repulsivo al encarar  los pareceres que amansan la imaginación, puede advertirse en estos versos:

Amo aunque la vida sea mortalmente intolerable
amo aunque luego me vea obligado a aullar” (Louis Aragon [8]).

Quizá ya no haya tiempo, ya no haya tiempo para verme,
Pero la hoja que cae y la rueda que gira te dirán que nada
        perdura en la tierra,
Salvo el amor,
Y de esto quiero convencerte” (Robert Desnos [9] ).

Lo que ha sido comprendido ya no existe,
El pájaro se ha confundido con el viento,
El cielo con su verdad,
El hombre con su realidad” (Paul Eluard [10]).

Dios vive en una caja fuerte
de la que los pobres nunca tendrán la llave” ( Francis Picabia [11]).

          Común fue entre los surrealistas la actividad política, militancias y rupturas. Muchos de ellos comprometieron su vida con la lucha antifascista en Europa.

La sensación de guerra contra el anquilosamiento y la moral burguesa atravesaría toda la obra surrealista, matizada por un  desesperado intento de trascender hacia las profundidades y liberar el espíritu humano de las mallas de hierro.

Los surrealistas se perciben como pasajeros en un tiempo anegado. Su misión es redimir. Para cumplirla deben patalear e imponerse. Escudriñar verdad y belleza. Esgrimen la poesía y la persiguen por todos los medios: oníricos, alquímicos, mediúmicos, el humor, la provocación...

Cada minuto de plenitud lleva en sí mismo la negación de siglos de historia cojeante y descantillada. Aquellos a quienes incumbe hacer girar los ocho resplandores sobre nosotros, tan sólo lo conseguirán con savia pura”, apuntó Bretón [12].
          
Es común nuestra tendencia a figurar antagonismo entre  acción y contemplación, entre política y arte. De darse, debería ser como procedimiento del espíritu y de la ética personal del o de la poeta. La poesía concebida como palanca para producir cambios ha dado lugar tanto a engañosas situaciones como a estupendo rendimiento. La poesía concebida como actividad contemplativa, ha producido unas veces fofas composiciones y otras memorables poemas. El ingrediente que equilibra y fecunda es la libertad, la sensibilidad que asume su derecho a la continua apertura, la vivencia de libertad. El dogma estricto (religioso, político e incluso científico, porque también los hay) ahoga o, en el peor de los casos tiende a yugular.

         “Realismo socialista” y “arte por arte”, podrían ser consignas paradójicamente cercanas.  De los efectos de achatamiento de la creación producida por la primera hemos escuchado mucho. Sobre la segunda afirma lúcidamente Georges Bataille: “El arte por el arte respondió a la nostalgia de la situación feudal, en donde aquellos mismos a quienes los artistas servían, y de quienes dependían enteramente, estaban al servicio de la soberanía institucional. Se trataba siempre de un arte ornamental, pero esta vez para uso de diletantes apartados de la sociedad (...). La fórmula sólo habría tenido pleno sentido si el arte hubiera asumido directamente la herencia de la soberanía, de todo lo que antaño fue auténticamente soberano tanto en la figura universal de Dios como en las figuras de los dioses y de los reyes[13].

        La o el poeta tienen por demanda interior defender la expresión soberana, que en sí misma y en sus resonancias conlleva suficiente justificación. Y exponer su sensibilidad a la sensibilidad de todo el mundo. Designar lo invisible para compartir lo invisible. Nombrar el vacío y el dolor para domesticarlos. Extraer un poder de esta acción y  compartirlo. Podremos vislumbrar en un poema al ser místico, a la persona militante, al nihilista, al antisocial o a la humanidad filántropa. Pero no será esa condición lo que nos estremezca, sino la desnudez e imperiosa solicitud de amor presentes en las personas (humanidad), no obstante cuanto progrese y cuanto logre manipular en su mundo.


César Vallejo escribió:

Tengo que vibrar al unísono, me doy cuenta
pero no sé con qué
(...)
Siento estar tensando una cuerda que no existe
He sido literalmente triturado por la vida
y, sin embargo, mirad mi perfil contra la luna, parece intocado
y mi alma, Oh, si vierais mi alma, es un diamante negro de mil caras
un diamante tallado por un amor sin límites.

Y Rainer María Rilke, en las Elegías de Duino[14]:

¿Quién si yo gritase, me oiría desde los coros
de los ángeles? y si uno de repente me tomara
sobre su corazón: me fundiría ante su más potente
existir. Pues lo bello no es más que el comienzo
de lo terrible, que todavía soportamos
y admiramos tanto, porque, sereno, desdeña
destrozarnos. Todo Angel es terrible, (...)

   El rostro de Rilke y el de Vallejo, en estos versos, es la faz de un poeta de cualquier sitio, mujer u hombre.        


LA CRISIS LA PALABRA

El nexo entre poesía y lenguaje, entre pensar y poetizar, es único. La poesía está hecha de lenguaje, pero no es el lenguaje. Una obra de arte está elaborada con pintura, pero no es de ningún modo la materia de la que se ha valido su creador. Desde luego, la analogía entre poesía-lenguaje, pintura-arte no es válida por completo. El lenguaje es cultura viviente y tradición. No puede decirse lo mismo de los materiales utilizados en las artes plásticas, por nó lo menos no en el mismo sentido.

El retrato de un paisaje no es el paisaje. Este puede ser emblematizado en un film, una composición expresionista, una descomposición cubista, puede ser tomado bajo un halo nocturno o en un centelleante mediodía. La pregunta sobre la relación entre el paisaje, el ojo que lo contempla y el modo de captarlo debe ser  muy antigua.  Hoy se afirma, incluso en física, que el observador modifica lo observado. La conexión es cuántica, paradójica; para nuestros fines, digamos que la relación posee ciertos misterios, que pueden experimentarse con el corazón en vilo y el pensamiento en actividad, o cuando cesan todos los sonidos.

“La  poeticidad pertenece al texto y la poesía al mundo y a sus diversas figuras” aventuran Ximena Loddy y Louis Dalla, en el prólogo a una antología de poesía francesa. Y continúan: “El poema no cesa jamás de nombrar lo que encuentra en su búsqueda de tal modo que ello es difícilmente legible por el estado de agitación perpetua con que se encuentra ante nuestros ojos”, Conjeturan que “quizás hablando incansablemente de la poesía se logre hacerla caer en la trampa por breves y raros instantes, los cuales se notan enseguida por la capacidad de suspendernos”. Y en este ejercicio siguen discurriendo para ofrecernos algunos destellos: “Un oscuro presentimiento toma forma en la génesis del poema en el primer verso”, “Los canales de emisión son variados y piden, además de una memoria, una periferia”, “Solo el poema nos coloca en posición de extrañeza frente a las palabras”.[15]

“¿Cómo hacer que la poesía en el momento de construcción de su lenguaje no se pierda? Sin dejar de hablar de ella en todo momento y en toda ocasión bajo el proteismo de las formas. Siempre hablando de la misma cosa. Esto da a la poesía su propio peligro: el perder la palabra por exceso de atención en la palabra”, concluyen.

Dos cuestiones importantes apuntan estos autores “El poeta piensa el presente a través de su poema, para éste constituye su pensamiento natural”, y, “Muchos tienen razón de no fiarse de la poesía, pues ella posee un verdadero poder, el de no pertenecer a nadie y obrar así con astucia ante los gigantes de este mundo: los planificadores[16]

LA CENIZA SE CONVIERTE EN CRISTAL

Para el poeta cubano Lezama Lima la poesía es un en sí que va mucho más allá de su finalidad. “Lo imposible al actuar sobre lo posible engendra un posible en la infinidad. Ya la imagen ha creado una causalidad”, dice, coligiendo: “Ahora ya sabemos que la única certeza se engendra en lo que nos rebasa”.[17]

Existe una función creadora en el hombre, trascendental-orgánica, como existe en el organismo la función que crea la sangre. la poiética y la hetopoiética tienen idéntica finalidad. Instante en que lo orgánico se transforma en transpirante, es decir, en que aparece el espacio asimilado, pues la respiración es el espacio asimilado que se devuelve”, expone, revelando una visión más nítida aún en el siguiente párrafo:

Cuando me acercaba a mi madurez, vi como lo cuantitativo, lecturas diversas, experiencias, esperas y apresuramientos, se iba trocando en cualitativo. Es el momento, según Descartes, en que la ceniza se convierte en cristal”.[18]

Es el poeta, a su juicio, quien crea la nueva causalidad de la resurrección. Con Bourdelaire, consiente  en que la poesía es el único milagro para el que se nos ha dado permiso.

Perplejo, absorto, el poeta ha sido condenado a escribir poesía y a recibir la rebelión de la palabra ante la escritura que la busca sin fijarla. Pero este combate, quizás el que más haya justificado la existencia del hombre, siempre recomienza como una estación desconocida, pero imprescindible en su función de precisar la caída de las nubes en el río que las impulsa de nuevo”.[19]
En lugar de una reflexión para hallar un cauce explicativo, Fernando Pessoa se permitió ser un conjunto de  afluentes. No procuró una solución tipo esto o aquello, sino que se dijo esto y también aquello. Sospecha de las virtudes de la coherencia, respondiendo de manera genial a las paradojas de la realidad y a su desplazamiento.

Los geniales homónimos forman incluso un movimiento, el Sensacionismo. Se dan todas las libertades. Y ninguno deja de ser estupendo poeta que cultiva su propia eficacia.

Alvaro de Campos afirma: “La poesía es aquella forma de la prosa en la que el ritmo es artificial. (...)  Pero se pregunta: ¿Por qué ha de haber un ritmo artificial? Se responde: porque la emoción intensa no cabe en la palabra: y no se puede gritar hablando, se tiene que bajar al grito o subir al canto. Y como decir es hablar, cantar hablando es poner la música en el habla, pónese la música en el habla disponiendo las palabras de modo que contengan una música que no esté en ellas, que sea, pues artificial en relación a ellas. Esto es la poesía: cantar sin música”[20].

A lo que responde Ricardo Reis: “Yo, sin embargo, antes diría que la poesía es una música que se hace con ideas, y por lo mismo con palabras.(...). Cuanto más fría la poesía, más verdadera. La emoción no debe entrar en la poesía como elemento dispositivo del ritmo, que es la supervivencia lejana de la música en el verso. Y ese ritmo, cuando es perfecto, debe antes surgir de la idea que de la palabra. Una idea perfectamente concebida es rítmica en sí misma: las palabras en que perfectamente se diga no tienen poder para empequeñecerla. Pueden ser duras y frías: no influye –son las únicas y por eso las mejores. Y, siendo las mejores, son las más bellas[21].

Ya antes, Ricardo Reis, había anotado: “Porque la poesía no es un producto exclusivamente intelectual. Se basa en el sentimiento, aunque se exprese mediante la inteligencia. La inteligencia deber servirle sólo para interpretar el sentimiento”[22].

Fernando Pessoa se encarga de atravesar con un eje a sus homónimos. “La única realidad de la vida es la sensación. La única realidad del arte es la conciencia de la sensación”[23], afirma en la Carta a un editor inglés, en que detalla la naturaleza del “Sensacionismo”, descendiente, a su decir, del “simbolismo” francés, el panteísmo trascendentalista portugués y “ el enredo de cosas sin sentido y contradictorias  de  que el futurismo, el cubismo y otras semejantes son expresiones ocasionales, aunque, para ser exactos, descendamos más de su espíritu que de su letra”.[24]

¿TIENE LA POESIA UNA FUNCION PRACTICA? ¿DEBERIA TENERLA?

      Las observaciones que formula Antonio Campillo sobre Bataille, son pertinentes para la discusión sobre la poesía en nuestra época. “Bataille cree que el arte y la literatura son, en la sociedad moderna, los medios a través de los cuales la subjetividad sagrada o soberana puede manifestarse, comunicarse, haciendo posible una forma de comunidad que no es la del contrato sino la del amor, que no está basada en el interés propio sino en el deseo del otro. Para Bataille, soberanía y comunicación amorosa son una misma cosa, puesto que ambas significan que el ser se pone a sí mismo en juego y se abre incondicionalmente al otro[25].

        Pienso que si una época urge de poesía es esta que vivimos. La poesía ayuda a restaurar el balance mental y espiritual que la celeridad y el pragmatismo desordenan. Ni siquiera el cerebro humano está preparado para responder a esta encrucijada de tecnología, individualismo a ultranza y enajenación mercantil. De ahí la irritabilidad creciente. La minuciosa agresión de la publicidad. El trastocar medios y  contenidos para sobrevaluar los ordenadores, propiciando la fantasía de que pueden reemplazar la actividad del pensamiento. De repente, podemos comunicarnos con todo el mundo y tenemos poco que decir, o las informaciones nos abruman. ¿Dónde queda la identidad propia cuando entramos en cotidiana interacción con culturas poderosas que se autoperciben omnipotentes? ¿Terminaremos siendo una caricatura de los que dominan el lenguaje de la alta tecnología?

Una lengua responde a una identidad en el mapa riquísimo de la cultura planetaria. ¿Hacia dónde va la nuestra cuando nos detenemos en una plaza comercial en la que nombres y descripciones están predominantemente en otro idioma, y los jóvenes que por allí caminan a veces ignoran cómo llamar a un determinado objeto en lengua propia, o alardean en otro idioma, como si ello fuese muestra de superioridad? ¿En qué lugar se sitúa el pensamiento meditativo cuando el valor del pensamiento calculador se magnifica? ¿Llegaremos a un punto en que se extingan las humanidades porque a las academias ya no les resulten rentables, ni atrayentes a los estudiantes? ¿Cuál sería el impacto del predominio radical de una civilización de lo funcional y verificable sobre el comportamiento humano? ¿Sería, a la larga, una cultura sin fe, sofocada por sus logros acumulativos y, probablemente, autodestructiva?

        ¿Para qué sirve el pensar si no se cultiva el sentir? La emoción, la belleza, la compasión y la participación es lo que confiere dignidad a nuestras existencias y proyectos.

        El neofascismo, las guerras de higienización genética, los fundamentalismos de todo tipo, la mentalidad bélica, la mentalidad imperialista, son una terrible advertencia. La tecnología sin sabiduría, la fe sin sabiduría, la ciencia sin sabiduría, sin buen arte del vivir (ética), sin poesía, producen carreras frenéticas, ansiedades homicidas, fúnebres certezas.

         A finales de la década del cuarenta, el poeta español Pedro Salinas, escribía: “Conozco la gran paradoja: que en los cubículos de los laboratorios, celebrados templos del progreso, se elabora del modo más racional la técnica del más definitivo regreso del ser humano: la vuelta del ser al no ser. Sobre mi alma llevo, de todo esto, la parte que me toca...”[26].

             “Quién es el ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos? Hay gentes de tan corta vista mental, que creen que toda la fruta acaba en la cáscara. La poesía que congrega o disgrega, que fortifica o angustia, que apuntala o derriba las almas, que da o quita a los hombres la fe y el aliento, es más necesaria a los pueblos que la industria misma, pues ésta les proporciona el modo de subsistir, mientras que aquélla les da el deseo y la fuerza de la vida. ¿Adónde irá un pueblo de hombres que hayan perdido el hábito de pensar con fe en la significación y alcance de sus actos?” [27], expresaba José Martí a finales del siglo pasado.

 LIBERTAD Y POESÍA

Hemos ganado libertad de mover las ideas por todo el orbe, de comunicarnos. Somos, al propio tiempo, tributarios y consumidores de tecnologías que deterioran el planeta; dependientes de los aparatos, consumidores y productores de pesadillas y mercancía de consolación de todo tipo. “Dios ha muerto”, han proclamado los pensadores occidentales, y nos aferramos a cuántas imágenes o ideas de Dios podamos componer.

Hay una nueva espiritualidad emergiendo, más auténtica y lúdica quizás. Hay, a la vez, una mercadotecnia de la fe; una voraz demanda de fetiches. Hay en ella indiferencia hacia la poesía y el facilismo depredador de la pantalla. Hay una pasión por reivindicar, amar, comunicar y celebrar la poesía, el arte, la música... Es una época indescriptible, de transición dicen algunos. Epoca hinchada. Se necesita una lámpara o la humilde lumbre de una cerilla para no ser simple partícula del arrastre.

A mí me gusta esta época. Creo que vista en el paisaje de varios milenios, resulta provocadora. Creo también que necesitamos, con apremio, esa plasticidad que a la intuición confiere la poesía. Necesitamos forjar un balance. Es posible prever el surgimiento de un gran movimiento cultural y estético. Quizás de tanta repercusión y fuerza como el romanticismo o el surrealismo. Por primera vez, el movimiento no será de una ola gigante, sino de infinitas y sucesivas olas.

La poesía, en su más puro significado, estará en el centro de este nuevo movimiento, balanceando.

Para las gentes que habitamos esta mitad de isla, con una cultura de raíces en oposición, poesía debería ser sal de la enseñanza, núcleo de las canciones populares, fuerza sensibilizadora a través de la que saborearíamos nuestra historia. Canal para reconocernos y afirmarnos en nuestra identidad lingüística y cultural. Vaso, esta identidad nuestra (diversa en sí), con el que participamos en el brindis comunicante de todas las culturas. Ojalá que en escuelas, iglesias, universidades, y aún en las familias, la juventud y la niñez sintieran la fabulosa efervescencia que comprime al corazón, disponiéndolo para la ósmosis, para la comunicación irradiante, para la vivencia en apertura.

Quiero concluir con unos versos del poema Libertad de Paul Eluard, escrito en 1942, en plena ocupación nazi, los que le valieron persecución de la Gestapo.

Y por el poder de una palabra
Reinicio mi vida
Nací para conocerte
Para nombrarte
Libertad


Ángela Hernández Núñez
Feria del libro 1999
Escrito para el panel "Vigencia de la poesía".




[1] Jorge Luis Borges, Obras Completas, segundo tomo  (1952-1972) . Emecé Editores. Buenos Aires, 1990.  Página 354.
[2] Octavio Paz, Las Peras del Olmo, páginas 63  y  130. Obras Maestras del Siglo XX. Origen Seix Barral, 1984. Barcelona.
[3] “A propósito de poesía”. Paul  Valéry. Obras Escogidas. Tomo II. Presentación y selección de Salvador Elizondo. Secretaría de Educación Pública. México, 1982. Pags. 11-13.
[4]  Jorge Luis Borges. Siete Noches, páginas 256-257. Obras Completas, Tomo III. Emecé Editores. Buenos Aires, 1989.
[5] Pierre Ryckmans. Poesía y Pintura. Aspectos de la estética china clásica. Traducción del francés de Anne- Hélene
[6] Fragmento. Revista El Paseante. Número citado, pag. 145.
   Suárez. El Paseante. # 20-22. Número sobre taoísmo y arte chino. Ediciones Siruela. España, 1993.
[7] Aldo Pellegrini. Antología poetas surrealistas. Argentina, 1961. Pags. 13 y 15 respectivamente.
[8] Aldo Pellegrini. Obra citada, pag. 47.
[9]  Aldo Pellegrini. Obra citada, pag. 129.
[10]  Aldo Pellegrini. Obra citada, pag. 144.
[11] Aldo Pellegrini. Obra citada, pag.309).
[12] Prolegómenos a  un tercer manifiesto. Obra citada, pag. 317.
[13]  Georges Bataille, “Lo que entiendo por soberanía”. Paidós I.C.E./ U.A. B. Barcelona, 1996. Pag. 122.
[14] Traducción de José María Valverde.
[15] Ximena Lodoy y Louis Dalla Fior, Antología de la  Poesía Francesa Actual, ( 1960-1976), -editorial Nacional, Madrid, 1979, pag. 9
[16] Ximena Lodoy y Louis Dalla, obra citada, pag. 10.
[17] Jose Lezama Lima. Lectura, charlas en la Universidad de La Habana, 1959.
[18] José Lezama Lima, ponencia en el Congreso Cultural de La Habana, enero 1968
[19] José Lezama Lima, Poesía Completa. La Habana, Instituto Cubano del Libro.
[20] Fernando Pessoa. El Regreso de los dioses. Seix Barral Biblioteca Breve. Segunda Edición, mayo 1988. España. Pag. 161
[21] Fernando Pessoa, obra citada, página 162.
[22] Fernando Pessoa, obra citada, página 158.
[23] Fernando Pessoa, obra citada, página 268.
[24] Fernando Pessoa, obra citada, página 266.
[25] Georges Bataille, obra citada. Introducción de Antonio Campillo,  pag. 40.
[26] Pedro Salinas. Prefacio. Poesías Completas (5). Alianza Editorial. Madrid, 1993. Pag. 25.
[27]  José Martí. Walt Whitman, ensayo escrito por el escritor cubano el 19 de abril de 1887. Citado de “Whitman, Dickinson, Williams y su obra. Grupo   Editorial Norma, Santa Fe, Colombia, 1991. Pag. 15-16.

Paisaje y poesía en Ángela Hernández por Basilio Belliard

Paisaje y poesía en Ángela Hernández

Basilio Belliard


En Ángela Hernández los paisajes poéticos que funda desembocan en palabras que, al tocar la realidad visible o al nombrar lo mirado, se vuelven versos, hilos mágicos de la contemplación. De esos actos contemplativos nacen sustancias que forman estructuras simbólicas. La poesía pues se alimenta no de la ausencia sino de la presencia que brota de la luz de los cuerpos y sus sombras, de las cosas y los elementos de la realidad. “Cuando la realidad se transforma en presencia, el cuerpo se hace presente en esta presencia, accede a su capacidad de responder, se vuelve espíritu, permite al espíritu su plenitud”, dijo Yves Bonnefoy, el afamado poeta y ensayista francés, recientemente fallecido.
La poesía trasciende la historia, ya lo sabemos desde Aristóteles, pero no trasciende la naturaleza porque se alimenta y nutre de ella: le pone sustancia alquímica y movimiento. En su Poética, este filósofo concibió el arte como mimesis de la naturaleza, es decir, en tanto imitación, no como copia o reproducción  sino en cuanto representación de la realidad. En tal virtud, Ángela Hernández se apropia de la naturaleza, mediante el lenguaje poético, y la transforma en experiencia estética de la realidad. No la imita, pero sí la representa como espejo de contemplación en la que esta deviene retórica del paisaje. Si el hombre es un ser hecho de naturaleza, no menos cierto es que es un ente de palabras, con las que nombra y designa, invoca y convoca el discurso de lo vivido y lo soñado, lo imaginado y lo pensado.  
Como apasionada cultora y artífice del arte fotográfico, Hernández Núñez hace matrimoniarse la imagen fotográfica y la palabra poética en este libro al que enigmáticamente ha titulado Acústica del límite, y que lleva por subtítulo Poesía e imagen. Así pues, las fotografías que ilustran este texto verbal se vuelven testimonio y radiografía, documento y testamento vital que retrata los límites de la luz y la sombra. Esta obra evoca el sonido de las palabras poéticas, en los límites que bordean las fronteras entre la imagen vertiginosa y móvil de la mirada sensible. Pero entre los intersticios de las palabras se cuela el silencio de la contemplación amorosa del paisaje y del cuerpo erótico masculino. En efecto, paisaje natural y cuerpo artificial fundan un contrapunto en el que la poesía se convierte en eje de mediación entre la mirada poética y la realidad que participa como espejo, en que se reflejan y refractan, el ojo y el oído. El silencio incendia las palabras y adopta sentido no luminoso sino musical. La melodía rítmica del silencio, que brota de la sustancia de las palabras en su envés, funda un tiempo de la naturaleza, en una especie de “soledad sonora” -como dijo Juan Ramón Jimenes-, o “música callada” -al decir del místico San Juan de la Cruz. 
En este texto el canto poético es secreto y actúa como sucedáneo del discurso lírico. De ese modo, la armonía secreta entre lo cantado y lo dicho en el poema articulan un difícil equilibrio en el mundo poético que crea. Poesía dicha en espacio abierto,  o cielo abierto, más bien, en el que siempre hay una inmensa luz que puebla el silencio. Si como Octavio Paz  inicia su tesis de Los signos en rotación, diciendo que “La historia de la poesía es la de una desmesura”, en Ángela Hernández la poesía deviene aire de familia de una economía verbal mesurada y ascética,  a la manera de los místicos orientales, es decir, no escrita en duermevela, ni con los ojos cerrados, sino con los ojos abiertos del poeta iluminado de inmensidad -como dice Giusseppe Ungaretti-  o alumbrado  de pasión. Como el legendario Diógenes el cínico, el filósofo sofista griego que buscaba con una linterna durante el día un hombre honesto, nuestra poeta no necesita una linterna, pues la lleva dentro de los ojos de su conciencia estética.
La autora de Mudanza de los sentidos no busca la otra voz del poeta, tan cara a la tradición y a la concepción de Eliot del poeta moderno, sino que persigue el color y la luz que alcanza en el paisaje de la imaginación, en un marco simbólico de sentidos que le sirve de fuente de invocación. “En su rotación, el poema emite luces que brillan y se apagan sucesivamente. El sentido de ese parpadeo no es la significación ultima pero es la conjunción intrínseca del yo y el tú”, afirma enfáticamente Octavio Paz en su célebre tratado de poética El arco y la lira
El sueño y el amor, la brevedad y el esplendor de la mirada se sustancializan en la articulación de este libro de poesía en movimiento. Alquimista de la contemplación poética, Ángela Hernández transforma en materia visible lo invisible, y plasma, en tono lírico, la percepción del paisaje simbólico del mundo, el cual transfigura desde la vigilia, no desde la “otra orilla” del sueño, como los surrealistas o los budistas. Su concepto de paisaje como referente simbólico, como lo concibieron los poetas postumistas, no adopta aquí claves nacionalistas, sino, antes bien, la universalidad horizontal de la naturaleza cósmica.
Jardines y aire, mar y río…, todo sirve, se transforma, galvaniza y combustiona, desde el ojo poético, no desde el oído musical. Pintura y no música, la representación del paisaje como temática poética que logra nuestra laureada narradora y poeta en esta obra lírica se lee como el de una luminosa mirada no desde el ojo que piensa, sino desde el ojo que sueña. La suya es la mirada del voyerista urbano y rural que disfruta y vive la experiencia sensorial de lo visto no para descubrirse a sí mismo sino para nombrar, en cambio, el silencio del mundo.  Oigámosla:

Un ala blanca garabatea la nieve,
un ala roja dormita en una llama
un ala gris abraza nido de espinas (p. 16)

Apuntes de un diario sentimental y notas de viaje definen esta poética, así como  los procedimientos expresivos que le imprimen cuerpo y sustancia a este poemario de la reflexión lírica. Con el mismo la autora de Arca espejada y Alicornio no nombra poéticamente lo que sueña sino lo que ve y desea. Cada mirada es una celebración de los instintos y los sentidos, una eucaristía apasionada del misterio del mundo. Cada golpe de visión es un pretexto no para callar sino para describir, en tono estético, la representación natural del universo botánico y animal.
La poesía que dimana de este texto se nutre y alimenta de la contemplación estética de la naturaleza, producto de meditaciones y observaciones, tras la búsqueda por auscultar en los misterios de las cosas y el lenguaje de los cuerpos. Amor como celebración del cuerpo y visión frente a la ceguera de lo inmóvil, Ángela Hernández ha sabido sumar y plasmar morosamente actos y conductas de animales y plantas, flores y ríos, mares y pájaros, y de ahí que haya captado instantes y pulsaciones, respiraciones, olores y sonidos emitidos por la naturaleza, en sus estados materiales y orgánicos. En este libro desfilan haikus, tankas y aforismos impulsados por anáforas y sinestesias, en un diálogo entre naturaleza y cuerpos.  De entre estos escojo una muestra:
En mi lágrima
se dibuja
el ala de una libélula
o su alma
o mi alma… (p. 132).

Gris
gris
casi como yo
está el cielo
a punto
de caer (p. 134).
Para crear música
ya es hora
de aflojar la carga (p. 135).



Regreso
 A mí
rondando (en la pendiente)
de una lágrima (p. 136).

Toda belleza cabe
en el corazón que borra
en su hondura lastimada
los agravios (p. 137).
------------------------------------------------------------------------------------------------
Grado a grado
restituyo a mis sueños
la pulcritud
de la desesperanza (p. 137).
Entre el ser y el no ser
el inédito  latido
absoluto (p. 140).

Zoología y botánica poéticas, personificaciones y prosopopeyas, oriente y occidente se abrazan y comulgan en conjunciones y disyunciones, yuxtaposiciones y superposiciones entre fotografía y poesía, palabra e imagen. Así pues, la fotógrafa y la poeta se cruzan y entrecruzan en tiempo y luz. Sabiduría de las cosas y realidad de los elementos químicos, inteligencia de la visión, Ángela Hernández como química de profesión y fotógrafa de afición, deja entrever su pasión, y ha extraído con luminosa rentabilidad poética, desde su experiencia a posteriori, las posibilidades estéticas y metafísicas de las sustancias y los átomos, a la manera en que lo han hecho con asombrosa magia el poeta mexicano Alberto Blanco, o el uruguayo poeta y narrador Rafael Courtoisie. Al decir verdad, parece que las profesiones de biólogos y químicos han permeado y nimbado el imaginario lírico de estos poetas, y han escrito poemas no sin gracia y eficacia poéticas.
Este libroAcústica del límite, apunta a la definición o aproximación poética de las miríadas de sonidos de la naturaleza y los ilimitados lenguajes que emiten los cuerpos y los objetos del universo. Este conjunto de poemas, algunos breves, de pocos versos y brevísimos, y otros extensos, articulados en claves de enumeración caótica,  en la tradición de Pessoa o Whitman, no se leen como notas de insomnios sino de la vigilia y la mirada de la visión diurna, como se lee en el poema ¡Sorpréndeme!, oh amado mío:
Con flores de aire
Con flores antárticas
Con flores imanes
Con flores voladoras
Con flores incandescentes
Con flores de Las mil y una noches
Con flores que salten desde la punta de la lengua (p. 22).

O como en el poema Con el temblor de tu vientre se reescribe el Cantar de los cantares:

En tus sienes ensayan las aves cantoras todo el día
En tus sienes se asientan enjambres errantes
En tus sienes los árboles consumen sol
En tus sienes se reparan silabas caídas. P. 34).

Brevedad del poema y captación de la ebullición del instante o la fugacidad, percepciones de lo instantáneo y lo móvil, este texto se define como poesía de la sensibilidad, escrita con todos los sentidos en movimiento. Es decir que sus imágenes nacen del sustrato de las cosas y desde el pensamiento participa, además, como sucedáneo de la imagen y del lenguaje poético.
Poema de amor donde el hombre y la mujer danzan al ritmo de la pasión y el deseo: escriben con su piel y sus cuerpos la geografía del tacto. Los de este poemario son versos dignos de escribirse sobre piedras, frases poéticas que definen y nombran lo visible y lo concreto. Iluminaciones, amaneceres y atardeceres, alba y crepúsculo son percibidos y captados, mediante la observación poética del mundo, por su yo literario. El sueño como alquimia del cuerpo, contemplación cartesiana en la que el pensamiento  se disipa como pasión instantánea, en un  rapto de iluminación, evoca ecos surrealistas que resuenan en el mundo poética que funda Ángela. Ecos dadaístas y creacionistas afloran y reverberan (como en el poema Rubeola, página 112), en una elucubración de la técnica del simultaneísmo impuesta por Apollinaire y Max Jacob, que tuvo tanta influencia en Octavio Paz, o en la poesía cubista de Reverdy y el propio Apollinaire, en sus Caligramas. Además, se perciben reminiscencias de las filosofías orientales, mezcladas en contrapunto con cierta sabiduría popular rural. Ángela Hernández ha sabido capitalizar el lenguaje del bosque y la psicología animal en este libro que es, a un tiempo, una potente conjunción entre la inocencia y la experiencia, en una suerte de poética de lo visible contemplativo.
Premio Nacional de Literatura 2016, poeta, cuentista y novelista, autora de los poemarios Edades del asombro, Arca espejada, Telar de  rebeldía, Alicornio y Onirias, de las novelas Metáfora del cuerpo en fugaMudanza de los sentidos y de Charamicos, así como de los libros de cuentos Piedra de sacrificio, La secta del crisantemoAlótropos, entre otros, Ángela Hernández nos seduce con el temblor lírico de su prosa y la profundidad de sus versos. Con este poemario henchido de sabiduría poética y serenidad imaginativa les abre los ojos a sus lectores para que celebren el espectáculo de la naturaleza y la emoción de estar vivos para contemplar la luz de los cuerpos y el verdor del mundo exterior. Escuchen pues los latidos de este libro y miren lo que ella quiere que veamos, pero que olvidamos cotidianamente.
Muchas gracias.

Poetas en la Casa de la Cultura en Pijao, Colombia. Añadir leyenda

Poesía por la Paz. Poetas del país de las nubes y niñas danzantes unidas por el Sí en Colombia. Pueblo Pijao, del Quintío



En Pijao, Quindío, Colombia. País de las nubes, organizado por Martha Elena Hoyo.

Angela Hernández Núñez wins Dominican Republic’s National Literature Prize https://repeatingislands.com/2016/01/29/angela-hernandez-nunez-wins-dominican-republics-national-literature-prize/

Angela Hernández Núñez wins Dominican Republic’s National Literature Prize

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The Corripio Foundation and the Dominican Republic’s Ministry of Culture yesterday awarded the National Prize for Literature 2016 to Angela Hernández Núñez, Rosa Alcántara reports for Hoy.
When the president of the Corripio Foundation, José Luis Corripio Estrada, telephoned the winner, who is in Canada awaiting the birth of a granddaughter, she said the surprise left her speechless.
The recognition is in accordance with the provisions of Presidential Decree 1053-2000, and recognizes her trajectory as a writer.
The prize carries an endowment of one million pesos and a diploma issued by the Minister of Culture, José Antonio Rodríguez, and the President of the Corripio Foundation.
The announcement of the winner of the award was made during a press conference at the headquarters of the Corripio Foundation, in which representatives of the leading universities of the country and an adviser to the Minister of Culture were present.
Minister José Antonio Rodríguez apologized for not being present at the announcement of the winner, as he had to attend events marking Duarte’s Day.
The Corripio Foundation adviser, José Alcántara stressed that the jury chose Hernández Núñez as the National Literature Prize 2016 winner after assessing her prolific and varied accomplishments, which include novels and short stories, poems, essays, photography and film. It also noted the numerous national and international anthologies in which her work has been included in countries like the United States, France, Italy, Norway and Finland.

Hernández said that the prize represents a challenge to renew her efforts to give the best of herself to her country.
“It is an award for women in my country, for Buena Vista, the rural area where I was born; It is an award for my dad and my mom, who were farmers and peasants endowed with a fighting spirit, a capacity for work, so I accept this prize as encouragement to continue working. It is a prize for work because that’s what I am, a worker of the imagination and the word,” she said.
She said she felt doubly rewarded and is looking forward to the February 16 award ceremony.
Hernández Núñez urged the encouraging of reading, considering that a book can transform a person’s life. In her particular experience books have been instrumental to form a person’s values ​​of freedom and thought, to form core humanistic values ​​and to give meaning to life.
She added that she strongly believes that there can be no true democracy without citizens’ access to knowledge and the cultural heritage that has shaped mankind.

Angela Hernández was born in Buena Vista, Jarabacoa, in May 1954. A chemical engineer with a degree from the Universidad Autónoma de Santo Domingo, she found her true vocation in literature. She is a poet, short story writer and novelist, and has written numerous essays on women and literature. She is also passionate about cinema and photography. She has won several awards and is a member of the Dominican Academy of Language.
By Lisabeth Paravisini






https://repeatingislands.com/2016/01/29/angela-hernandez-nunez-wins-dominican-republics-national-literature-prize/

Foto Ángela Hernández Núñez tomada por Cristabel Sosa junio 2016 
Foto Ángela Hernández Núñez tomada por Cristabel Sosa junio 2016 
Foto Ángela Hernández Núñez tomada por Cristabel Sosa junio 2016 

Foto Ángela Hernández Núñez tomada por Cristabel Sosa junio 2016 

Premio Nacional de Literatura 2016

José Alcántara, Jacinto Gimbernard, Jeannette Miller, José Luis (Pepín) Corripio, Ángela Hernández Núñez, José Antonio Rodríguez y Jorge Tena Reyes Añadir leyenda
Jeannette Miller, Ángela Hernández Núñez, José Antonio Rodríguez y
José Luis (Pepín) Corripio 

AHN foto tomada por Cristabel Sosa. Calgary feb 2016

AHN 16 años

Agradecimientos al recibir el Premio Nacional de Literatura 2016

Ángela Hernández Núñez, foto tomada por Cristabel Sosa

AGRADECIMIENTOS

Gracias a Dios, forma que prefiguran el Amor, la Verdad y la Justicia en mi limitada percepción.
Gracias, Jeannette Miller, por una presentación que me deja sin palabras, y por tu amistad y apoyo constante
Gracias a José Alcántara.
Expreso mi gratitud hacia a la Fundación Corripio y al Ministerio de Cultura, auspiciadores de este premio, así como a los jurados que me ha distinguido con el mismo y a las instituciones que representan.
Gracias al tesoro de mi alma: Carolina, Aurora, Giordano y Cristabel, ampliado con José Pablo, Irene y Amanda. Ellos han sido mis tiernos y comprensivos aliados, testigos de mi escritura. Gracias a toda la familia presente en este acto. Así como a Yrene Núñez y Eloy Hernández, que pese a su lejana partida permanecen íntimos.
Gracias a todos ustedes, amigas y amigos presentes, y a las numerosísimas personas cuyos mensajes de felicitación me han colmado de placenteros momentos desde el día 26 de enero.
Gracias a las editoriales que han publicado mis libros: Editorial Cole, Letra Gráfica, Siruela, Alfaguara, editorial Perosini, Banco Central, Editora Nacional, Santuario. Y, por igual, a las personas que han dedicado tiempo a estudiar mi obra.
En justicia, hoy aprovecho para enunciar mi gratitud a las trabajadoras domésticas, sin cuyo apoyo y labor no sé cómo me las hubiera arreglado. Gracias Yanet Santana.
Van mis gracias, asimismo, a todas aquellas  personas que desde mi infancia me facilitaron libros. Un día las nombraré una por una.
Gracias a mis hermanas y hermanos: a: Lourdes, por su infinita solidaridad y amor constante. A Pastora, cómplice celebrante de la poesía y el idealismo del espíritu. A Gloria, quien me obsequió mi primera maquinilla de escribir y en cuyo hogar devoré todos los libros de la Biblia, historias fantásticas para mi imaginación infantil. A Paul, quien además de hermano y desde la infancia, ha sido el fiel amigo de sus hermanas. A Miguel, Nidia, Fausto y Lucas. Todos han alimentado mi imaginación con sus historias y vivencias. Gracias a José Mieses.
Gracias a la perseverante y renovadora comunidad cultural dominicana.
Al puñado de amigas y amigos cuyo brillo intelectual me ha fascinado, pero más aún su grandeza de alma, su nobleza de espíritu. Cómo no estarles agradecida.
Gracias a quienes he amado “hasta morir”. La más potente inspiración de mi poesía.
Gracias amigas y amigos que con sus sueños de justicia y equidad para la mujer, la juventud y todo el pueblo dominicano han despertado la conciencia de más de una generación. Gracias por ser muchas veces la punta de lanza que abre caminos.
Gracias a todas las personas que con sus faenas diarias sostienen la fe y la confianza indispensables para cimentar un optimismo edificador.

Al sitio donde nací (Buena Vista-Jarabacoa) le declaro mi amor a través de mi obra. 

Imaginación, libertad y compromiso, discurso recibimiento Premio Nacional de Literatura 2016

Aunque la absoluta libertad es mito, ideal o mera ilusión, quiero creer que la escritura cristaliza en los linderos de esa absoluta libertad.

Busco seguir “la condición humana” por los leves o bien lujuriantes hilos en que se contraen o distienden imaginación y pensamiento. 
 


  IMAGINACIÓN, LIBERTAD Y COMPROMISO

 “Un escritor es alguien que viaja hacia la verdad por un camino inesperado”, señaló Roberto Bolaño. En mi caso, en ese “viaje”, imaginación, libertad y compromiso fueron revelándoseme como corrientes intrépidas que convergían o coludían, labrando ese “camino inesperado”, cuyo trasfondo es la versátil y hechizante danza entre el pulso individual y la piel colectiva.
Hoy es momento propicio para compartir con ustedes algunos hitos de esa danza. Que sean estas palabras mi sencillo elogio a la libertad, pues mi relación con esta se asimila a mi abrazo a la escritura.
Mi madre, mi padre, abuelas y abuelos pertenecieron al universo rural, donde un libro no era objeto común. Pero es seguro que si me fuese dado seguir el rastro de sus voces me encontraría con unos ancestros exploradores. Contar historias era una actividad corriente en mi familia. Mamá narraba unas historias de parientes que se perdían en un tiempo fantástico, en el que había una india taína, un guerrero a caballo y una muchacha que arribó a la isla “huyendo de las revoluciones”. Al anochecer, en casa de la tía Berta, parientes y allegados se encontraban para referir sucesos reales o ficticios, en una atmósfera fragante de café tostado y palpitaciones anímicas.
Las fabulaciones y la instrucción moral, espiritual y cívica componían un todo.  De mi padre no consigo recordar ningún rasgo físico, pero retengo un dato relevante: era un hombre inclinado a compartir el pan. Y nos legó una aserción rotunda: “La pobreza no es justificación para perder la dignidad ni comprometerla”. De mi madre, recuerdo vivamente tres lecciones, las cuales nos transmitía con su vida misma. a) Honestidad: jamás ostentar ni de un centavo del cual no esté clara su procedencia para todos. b) Valor: No se puede andar por el mundo lleno de miedo y temores. Dar la cara. Mantener la presencia de ánimo en todas las situaciones. c) Cuidar de la lengua: no murmurar de nadie, “por la boca muere el pez”. Una frase puede condenar una vida, o bien redimirla. Esta atención al poder de la palabra, para instituir o para socavar, me influyó, definitivamente.
Nuestro entorno, a finales de los cincuenta y principio de los sesenta, incitaba a fabular, ya que se vivía bajo nebulosas amenazas y sospechas. La palabra directa podía acarrear peligros. Las opiniones se disfrazaban en cuentos protagonizados por terceros, si de antaño, mejor. La historia sombría se transformaba en inocua ficción.
 Hay una imagen que por alguna razón que ignoro guardo con acusada viveza. Por los cielos zumbaban aviones. Yo cosía con parsimonia y deleite una muñeca de trapos y alzaba mis ojos, animados de un enorme interés, tratando de seguir el curso de los aparatos que habían venido a rasgar la calma aparente de aquel lugar en las montañas. Tenía cinco años de edad. Y percibía este murmullo, este rumor, matizado de estupefacción, como una excitante primicia. Lo que sucedía y se comentaba por lo bajo era el arribo al país de expediciones de “barbudos” con pretensiones diabólicas (tumbar al Jefe). En ese tiempo se vivía en un limbo y en un cepo. La historia era el limbo y era el cepo. La historia y la política, viciadas, tanto arropaban a la gente, al punto de sofocarla, como la apartaban. Pese a todo, la vida seguía imperando, floreciendo… Éramos parte de ese empuje de vida, éramos parte de los susurros y las expectaciones. La imaginación nos redimía en algo, nos enlazaba a un todo.
Las mudanzas durante mi infancia y adolescencia me expusieron a una variedad de estímulos, para bien o para mal. En cada sitio, conocía personas muy diferentes entre sí. Me alucinaban sus destellos, sus secretos y avideces. Percibí bien temprano aristas de la ruindad, percibí lo temible que puede albergar un ser humano bajo apariencia de normal. Pero, asimismo, noté bondad, gestos abrigadores, el apremio y sed de amor en la gente; el épico heroísmo del corazón en llamas, que a veces termina en desgracia.
Descubría, meditaba. Y dejando atrás la niñez, descubrí el cine y la geografía universal. Vi por dentro a cuerpos marciales, a una orden religiosa, a un cura español que perteneció a las falanges franquistas, aviones de combate, alambradas ciclónicas, carros de asalto. Un bosque de fantasmas y pólvora que asustaba hasta a los capitanes. Leía muñequitos, vidas de santos y santas, novelitas de vaquero, novelas rosa. Conocí la resistencia. La agonía del espíritu que busca su sitio en este mundo.
Ideé convertirme en astronauta o en exploradora de los fondos oceánicos, en científica de las plantas, en música, en jugadora de tenis, en médica, en esposa plena y madre de una docena de niños y niñas. Nunca pensé que podría convertirme en escritora. Eso era demasiado. Don de los cielos. Conforme a mi mirada de entonces, las ficciones y poemas brotaban de los elegidos con impulso similar al agua del conocido manantial, cuya visión me pasmaba pues me parecía la traslúcida evidencia de otro mundo, un mundo del que se escapaban, incesantes, los sueños.
Un tiempo polivalente, espiritoso, veteado de tirones y expectantes sutilezas. Un desierto espiritual con un oasis de redonda y ardiente felicidad. Consumía libros, los que aparecieran. A media tarde, flotaba en las aguas turbulentas del Yaque como cualquier pedazo de madera. En el frío de diciembre, caminaba de madrugada por el parque apartando la fina neblina con mis dedos. Oía en las personas de todas las edades una música inédita que me llenaba de curiosa alegría. Esa música cesó de golpe, quizás fue eso lo que me empujó a escribir, para seguir buscándola.
Pero a lo mejor ese impulso siempre estuvo ahí. Lo sentí por primera vez siendo niña crecida. Recuerdo cómo despertó mi interés el anuncio de un certamen de novela, en el que prometían un premio que me sonó una fortuna. Empecé a idear un relato en el que visitantes de otra galaxia aterrizaban su nave en el bosque por detrás de mi casa. Daba vueltas y vueltas al diálogo que tendría lugar entre los extraterrestres y yo (por alguna razón habían decidido no comunicarse con otros lugareños y mantenerse invisibles entre los árboles). Las ramificaciones de la historia llegaron a abrumarme, pero no logré escribir una línea, ya que me había propuesta la imposible empresa de determinar la lengua de los caprichosos huéspedes de la arboleda. Debía de cambiar de tema. Entonces comencé a garabatear unos párrafos sobre una muchacha pecosa, demacrada, de gruesos labios y género indefinido, cuyos cabellos parecían una llamarada de leña verde. Todos se burlaban de su rareza. Pero vino a ocurrir que en la Capital se convirtió en una estrella. Obvio, se trataba de  una versión de “El patito feo”.  Quedé muy decepcionada con mis intentos. ¿Cómo podía ocurrírseme tamaña empresa? Escribir era demasiado, casi para cualquier humano. Con esta resuelta conclusión enterré ese primer impulso. Pasarían muchos años antes de que volviera a pensar seriamente en ello.
Ingresar a la UASD significó una especie de breve revolución en mi vida. Una oportunidad extraordinaria, gracias al Movimiento Renovador. Pero los vientos prevalecientes soplaban en dirección contraria a mis inclinaciones literarias. Fue el principio de un periodo en que me persuadí, no sin resistencia, de que ser imaginativa representaba, más que un don, un molesto escollo. De entregarme a juegos fantasiosos, al cabo del tiempo, perdería sentido de “realidad”.  (Por entonces, se insistía en eso de “la objetividad” y “la subjetividad”, esta última llevaba siempre las de perder). Esta conclusión se tradujo en sobrestimar las leyes científicas y sus corolarios. Me aferré  a la lógica racionalista, prometedora de certezas. Durante años, trabajé con arduidad en sus coordenadas, hasta que hube de aceptar que estaba matando una parte esencial de mí. Que cada persona es lo que es. Y esto determina el punto de partida para el resto.
Una noche, a comienzo de los ochenta, sentía en mi boca el sabor agridulce de una difícil decisión. El olor del mar me alumbrada en la oscuridad. No sé cuánto tiempo llevaba allí, callada, inmóvil. De pronto, fui presa de una pulsión irresistible. Eché manos a una servilleta y en ella anoté: “Mis ojos todavía eran verdes…”, y las otras líneas de las que surgiría mi cuento “Masticar una rosa”. Recuerdo como ahora esos instantes de temblorosa felicidad. Me hallaba ante un umbral anunciándose. El cambio venía galopando en las letras.

Supe que habría de consagrarme a escribir, pero ignoraba cuándo. Durante muchos años, escribiría mis poemas y mis cuentos en breves lapsos arrancados a las inacabables jornadas de trabajo. Algunos los concebía mientras dormía (entonces me levantaba y anotaba; recuerdo que los versos génesis de mi libro Arca espejada florecieron en un sueño y que los garabateé en papel de estraza, en la oscuridad, porque no había luz y no daba con las velas y los fósforos); otros textos los escribí durante viajes; y varios en convalecencia de enfermedades.
Escribir es una acción ciertamente alquímica. Estaba entrando “en razón”. Esta vez, me descubría tejiendo (con palabras) no para esperar a un Ulises, sino para llegar a mí misma en el encantamiento de la realidad y en los lazos comunicantes.
Puedo afirmar, pues, que en años cruciales viví en carne propia la tensión entre ortodoxias y libertad expresiva. Conocí, y fui parte, del insondable y genuino fervor por transformarlo todo y acabar con las insufribles injusticias, pero esto conllevaba, paradójicamente, un enconado desprecio por los frutos de la imaginación. La casi enferma necesidad de exactitud ideológica y el miedo a equivocar las ideas, comportaban un hostigamiento a las facultades intuitivas, una rudeza con ciertas regiones de la conciencia. Comprender esto, y a la vez no desvanecer ni un ápice la sensibilidad social, significó una solitaria travesía en la que me embarqué tutelada por buenos libros, valores específicos de mi formación hogareña, el afecto familiar, más el empuje de una arrebatadora pasión. Supe que me vería obligada a congeniar con el vacío; a lidiar con esporádicas tormentas, con la duda e incluso con el error. Que, dejando a un lado peso muerto, habría de acomodar mis sentidos a las palabras, a fin de que estas me cedieran algo de sus acentos antiguos, algo de su portentosa viveza presente, algo de los arcanos que transportan.
Como pueden ver, cconciencia de la escritura y conciencia del lenguaje, en mi caso, se han encaminado mutuamente. La atención a la naturaleza del lenguaje inició al advertir el menoscabo que la alienación, todo género de alienación, surte sobre el mismo. La escritura, esto creo, resuma desde una intrínseca propensión hacia la libertad. Privado de libertad, aun el cuerpo es atacado por difusas penurias y encallecimientos.
En mi conciencia de escritora en formación, liberar el lenguaje equivalía a abrir de par en par las puertas del alma y todos los poros de la intuición, desnudar el ser aceptando una parte de desasosiego. Equivalía a sonreír en las espesuras desconocidas, al tiempo que experimentaba un calorcillo confiado en todo el cuerpo. Debía confiar, mantener viva la llama interior, no hacer concesiones a quejas, aprender de todos los trabajos por forzosos que fuesen.
¿Qué seríamos, ustedes, yo, nosotras y nosotros, despojados de sueños, ideales, utopías, invención, gusto por los lances del espíritu y las audacias creadoras? Imaginar e imaginarse, pisar tierra y lanzar el corazón hacia las vastas conquistas del espíritu, han dibujado el perfil de la humanidad, ¿no es así?
Ahora bien, para que todo lo anterior cobre verdadero balance, conforme a mi visión, debo aludir a compromiso. No quiero olvidar ni desconocer mis orígenes. Jamás. En mi generación, nadie escapa a ciertos “demonios históricos”.  Las sombras de invasiones, gobiernos tiránicos y servilismos extremos son una especie de mordedura en el espíritu, una quemada en el cerebro. Y no lo es menos, la violencia que se filtra a los espacios familiares e interpersonales. Nunca podré borrar los episodios de daño a niñas y niños que vi con mis propios ojos infantiles. Por otro lado, desde que tuve uso de razón, vi a mujeres con una fuerza vital casi incomprensible, muchas de las cuales trabajaban como bestias de carga, sujetas a una existencia plagada de dolor, frustraciones y resignación. Disminuidas, invisibilizadas, reventadas día a día, poco amadas por sus hombres. No entendía. No podía entender. Lo que se tomaba como tradición inalterable a mí me sublevaba, instintivamente. Acumulé indignación. Luego, aflora en mi literatura el retrato de esos vínculos en los que opera un poder que embrutece a unos en tanto apaga a otras.
Llama mi atención sobremanera la opacidad de la historia. La fenomenal riqueza de conocimientos e inventivas sobre la que ha rodado todo género de veladuras. Me mueven héroes y heroínas anónimos en las penumbras de los tiempos. Esos “nadies”, esas “ningunas”, que encarnan la batalla cotidiana por respirar y dar un paso más, al tiempo que, por fuerza o por movimiento natural, cultivan en sus reconditeces un hálito solidario, consolador.
Mi foco en la narrativa concierne a la solapada voracidad de poderes que se ciernen sobre las personas, torciendo sin piedad sus destinos, enrareciendo el curso de la sociedad, emponzoñando las relaciones. Mi tema, en suma, apunta a la fragilidad y a la porfiada fuerza patente en personas o poblaciones enteras sometidas a aislamiento o despotismos de diversa índole; vulneradas por  privaciones críticas.
Me resulta del todo imposible apartar la escritura de la moral política, la ética del vivir, las intersecciones y dilemas de la cultura humana. Todos los jalones de mi memoria y la meditación sobre el presente así lo deciden. Me considero, pues, una escritora comprometida.  Ahora bien, al momento que pronuncio esta frase ondeo una bandera que en rojo dice: ¡alerta!, pues compromiso no significa trabar las ideas ni amañar el pensamiento crítico ni renunciar a la soberanía de la interrogación; no significa plegarse a una ideología o a una autoridad. La escritora o el escritor que pierde su libertad, ha perdido su alma, su alma creativa, su sentido. Se dejará subyugar por los poderes en boga. Se volverá, a la larga, un prisionero de su propia imagen. 
Aunque la absoluta libertad es mito, ideal o mera ilusión, quiero creer que la escritura cristaliza en los linderos de esa absoluta libertad.
Busco seguir “la condición humana” por los leves o bien lujuriantes hilos en que se contraen o distienden imaginación y pensamiento. 
Hoy día, cómo escribir “en una torre de marfil”,  cuando te topas por doquier con las voces ruinosas de la miseria, con la corrupción, cuyo impudicia no conoce límite, con la retórica fraudulenta, con las más burdas intolerancias hacia “los otros”, con actitudes y posturas desmoralizantes, con una historia que es una sucesión de tenaces luchas por hacer posible este país… Con un mundo en equilibrio inestable en el que incuban y se multiplican los factores de guerra, con un planeta que alteramos peligrosamente como si poseyéramos un cómodo residencial en otra galaxia.
Puedes ver con meridiana claridad todo esto y mucho más, día a día, hora a hora, y a la par, experimentar tu impotencia, tu justificado escepticismo, tu esperanza menoscabada. Puedes rebosarte de amargura y de cinismo. Sí, ciertamente, pero también tienes la oportunidad de aquilatar el talento increíble de este pueblo para sobreponerse a las debacles, las pruebas de creatividad y arrojo que pululan en cualquier barriada, en cualquier caserío campesino. Ver que en todas partes aparecen personas honestas que se esfuerzan al límite de sus energías. Ya no te sientes una hoja arrastrada por una corriente violenta sino una persona, una ciudadana. Y como tal te es dada la facultad y el derecho de, cuando las circunstancia lo requieran,  nadar contracorriente, aportar tu granito de arena para revertir dinámicas destructivas, y renovar fuentes de bienestar moral y espiritual. 
Esta, mi época, nuestra época, nos trae también maravillas impensables en el pasado. Preciosos desafíos. La cuestión estriba en cómo y para qué emplear estas nuevas maravillas.

III. LIBROS Y BIBLIOTECAS
Quién de nosotros no evoca de cuando en cuando a aquella profesora o profesor que, aparte de lecturas obligadas por el programa, se ocupó en inspirarnos el amor a los libros. Aquel profesor o profesora que leía poesía, novelas, cuentos… Su mérito es alto.
Llevo en mi corazón a personas como esas, pues los libros habrían de enhebrar todos los ciclos de mi vida. La lectura no me dejaría perder pie. De ahí mi interés por la existencia de bibliotecas públicas en barrios y municipios. Crear nuevas o fortalecer las contadas que hay. Hablo de pequeñas y activas bibliotecas, bien abastecidas con criterio de calidad, atentas a los requerimientos de los usuarios, que  prestan libros para llevar al hogar, tejen firmes vínculos con los centros de enseñanza y la comunidad, crean lectoras y lectores, ofrecen el espacio idóneo para talleres literarios y círculos de lectura, llevan a cabo programas regulares de actividades; en suma, encarnan el corazón de la vida cultural comunitaria. Y, desde luego, influyen la calidad de la educación, puesto que esta conlleva a aprender a leer de verdad, aprender a buscar la verdad,  aprender a pensar.

IV. A MODO DE CONCLUSIÓN
Les cuento que no escribo para fijar un estilo. Carezco de astucia. Carezco de estrategias de caza. No me capturan las modas literarias. Creo que la escritura está provista de una raíz orgánica. Pero es mucho más que eso. Patentiza un proceso inacabable de conocimiento (del mundo y de la condición humana) y de autoconocimiento. Se eleva, erigiendo una amorosa autonomía. Incita a seguir haciendo visible lo invisible. A conquistar sentido de vida.
Con mi familia, con los amigos y amigas entrañables, de este país y el extranjero, y con la gracia de Dios, continuaré este viaje de imaginar, amar y crear. Y, ante ustedes, expreso que con el galardón que hoy recibo, mi compromiso con las letras, con mi pueblo y mi época, no ha hace más que acrecentarse.
Amigas y amigos míos, escribir es un acto de felicidad. De excepcional felicidad. Ser premiada por ello, alcanza el grado de bendición.

Ángela Hernández Núñez                                        
Palacio de Bellas Artes, Santo Domingo, 16 febrero 2016



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